Antigüedad
Salimos, papá, el equipaje y yo de la Estación Marítima de Barcelona y nos despedimos, casi en la calle, de algunos compañeros de viaje con los que chocamos en la puerta de las Aduanas, viendo ya el principio de las Ramblas de las Flores. Tía Concha arrastró a su hijo hacia mi nada más vernos y el ramo de rosas, convenientemente adornado por una cintita con los colores de la bandera española, se incrustó en mi cara. Risas abrazos besos y papá, nervioso, llamó a un taxi para que las maletas fueran recogidas convenientemente.
La ciudad nos envolvió al subir Ramblas arriba, hacia la Diagonal. El bullicio de la gente paseando y los quioscos de plantas, bichos y prensa llenaban aquel paseo protagonista en tantas historias contadas por mamá y abuelita. Cuando enfilamos la Rambla, pasada la Plaza Cataluña, papá, señalando hacia un balcón de la derecha, dijo con voz rara:
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Mira hija, allí vivíamos tu madre y yo cuando nació Rosarito.
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¿Te acuerdas de Los Castellanos Enrique? Estaba allí en ese principal con balconada encima del portal que tiene la puerta negra de hierro. Ahora es un despacho de abogados – apuntó Concha levantando la mano hacia un edificio casi en la esquina por la que en ese momento cruzaba nuestro taxi.
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Vaya, Concha, me parece mentira todo esto…
A mí si que me parecía mentira. Era otro mundo, me lo habían contado, sabía que estaba “en casa” pero me sentía rara. Fernandito me miraba fijamente desde el asiento al lado del conductor con una sonrisa estática. ¿Quiénes éramos en realidad? ¿De dónde habíamos salido? Y me preguntó con voz aguda de niño de nueve años:
-¿Te ha gustado el viaje en barco, Maritere?
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Concha era la primera hija hembra, de abuelita: por encima de ella estaba Pepe quien, por aquel derecho social heredado del siglo XIX y de obligado cumplimiento, ejerció como hombre de la familia al ser abuelita viuda. Inmediatamente después de Concha venía Justi, el enfermizo joven que terminó su vida en la Bañeza durante la Guerra Civil y por último mi mamá que era la pequeña, a la que todos mandaban. Se llevaban dos años, más o menos entre un hermano y otro: muy importante la jerarquía familiar que sin duda marcó los caracteres de cada uno de sus integrantes. Mamá obedeció siempre, hasta en su lecho de muerte. Concha sin embargo mantuvo una sorda lucha por la hegemonía y el poder, con escaso, más bien nulo resultado en toda su larga vida. Con Pepe, el mayor, no pudo lidiar siquiera: era hombre e hijo/hermano mayor, ergo: superior a ella. Y así los hombres que fueron pasando por su vida, con consentimiento o sin él, la machacaron al modo y uso de la época. De físico poco agraciado, muy delgada y sin gracia en el vestir, Concha tuvo el primer momento personal negativo en su adolescencia cuando tuvo que ponerse gafas. En los años veinte eran unos artefactos horrendos y como siempre, a los hombres les daban un aire de distinción e inteligencia pero a las mujeres: niñas, jóvenes o maduras damas, las envejecía y aquellos “culos de botella” tapando sus ojos les impedía acceder al mercado/concurso de vírgenes postulantes al matrimonio. En aquellos bailes de domingo en los que mamá conoció a papá con el que se casó y Pepe conoció a Amalia (hermana de papá) y sus esponsales fueron celebrados al poco, Concha iba y venía sin beneficio semejante. Sin gafas no veía nada y muchas sonrisas y tímidos saludos de mozos interesados, se le escaparon tan ricamente. Con gafas veía a la perfección como los mismos, u otros jóvenes distintos, escapaban a todo correr cuando ella entraba en escena.
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Como un colador de tallarines o un escurridor de lechuga. Igual que esos artefactos que sirven, en la cocina, para separar la materia sólida del agua que los cubre durante el lavado y/o cocimiento, me siento yo después de viajar en el tiempo y volver a experimentar, con el recuerdo, las desilusiones primeras, los deseos, las contradicciones y las decisiones impulsivas de esa edad indefinida -¿No lo son todas? – llamada adolescencia y que llevan al siguiente estadio larval. A medida que escribo se centra y se define un agujero nuevo en el colador. Se habían tapado de cenizas vitales y los voy desembozando uno a uno. Me siento más ligera, pero no se si más contenta. Imposible permanecer políticamente correcta eternamente. No puedo ser paternalista conmigo misma. No me gustan muchas de las cosas que veo al condensar mi vida por escrito y dar pistas a quien me lea, pero no debo disculparme. Yo era así, y porque era así, fui de aquella manera después y aquello me llevó a ser como soy hoy en día. Tengo que asumir mis errores. ¿Qué seguramente provienen de causas justificadas? Si, pero estoy hasta el gorro de oír a gente (la cárcel está llena de esas personas) que se justifica: que por culpa de sus padres, que una sociedad injusta les empujó a tal o cual delito, que sin oportunidades no se puede seguir delante de forma correcta…
Maritere nació en una sociedad mediterránea famosa por sus relaciones familiares profundas, de afectos y sentimientos exteriorizados hasta el exceso. Cambió de país y creció en un entorno latino y con la educación democrática - americana de finales de los cincuenta. Los entornos culturales fueron un revoltijo. Los puntos de referencia: sus padres, en su memoria, parecen unos señores ingleses eternamente tomando el te a las cinco y no una familia española. Read more…
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SIN FAMILIA
A la vez que el verano y por lo tanto las vacaciones, tocaban fondo, el nuevo curso empezaba a pasearse por mi cabeza. Algo diferente crujía por dentro. El horizonte anunciaba un futuro adulto. ¿A qué me iba a dedicar? ¿Qué me gustaba hacer? ¿Qué estudios me apetecían? Desde luego los números no eran lo mío. Entre Perito Mercantil y Magisterio, que eran las opciones básicas hacia las que me tenía que dirigir, no cabía ninguna duda. Las maestras – pensaba – hablan con los niños, la Historia y la Geografía tenían más palabras que números, por lo tanto no había lugar para decisiones complicadas. Elegía Magisterio. Había que prepararse y consolidar lo aprendido. En casa, todos a una, sin hablar apenas del tema sabíamos, era del dominio público, que el último invierno, académicamente hablando, había sido medianejo para la que suscribe. Casi había logrado desprenderme de temas bien integrados con anterioridad. Al planear el siguiente año lectivo, las miradas entre mis padres y yo estuvieron de acuerdo. Mejor volver a las Teresianas de Buenos Aires. En un primer momento se me cruzó una pena doliente, gris y solitaria. El resto de la familia seguiría viviendo en Mar del Plata. Recordaba las galletas rotas, los atardeceres oscuros, las carreras en el internado hacia las duchas…pero en unos días un nuevo plan para el nuevo invierno se fue fraguando y una sonrisa traviesa iluminó el proyecto. De repente salio a relucir que la familia Plate vivía a escasos metros del colegio. Que Cristina seguiría, también, los estudios allí. Y sin saber exactamente ni cómo ni a quién se le ocurrió, una idea unió a las dos familias. Todos estuvieron de acuerdo en que era lógico que los fines de semana del próximo invierno en Buenos Aires, Maritere los pasase con los Plate. Papá firmaría las autorizaciones necesarias y hablaría con las monjas. Me invadió una sensación nueva. No iba a estar encerrada, no miraría con envidia, desde las ventanas de la clase, a los peatones que cruzaban rápidos hacia la parada del tranvía. Todo lo contrario. Igual que aquellas protagonistas de las novelas juveniles, sería dueña de mi destino y también podría decidir qué hacer los fines de semana. Estaba segura: lo más lógico era que continuara el mundo paralelo y mágico de los veranos pasados, aquellas conversaciones entre iguales que me hacían sentir acompañada y aceptada. ¿Quién necesita padres, hermana y abuela cuando se tienen más de quince años y amigos? Me veía, por fin, en el ambiente que me correspondía, a mi aire, dueña de mis decisiones. El principio de lo que iba a ser mi futuro como mujer. Una vida llena de experiencias vibrantes, algo atenuadas en los próximos meses por las responsabilidades del estudio. ¡Qué se le va a hacer! De todos modos sería un tiempo diferente del que me habría esperado al lado de los familiares que coartaban el ansia de abarcarlo todo. La familia, estaba claro, empequeñecía el universo. El tiempo venidero estaba rodeado de un arco iris fluorescente.
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PAPA Y MAMÁ
Me es difícil referirme a ellos de forma individual. Siempre fueron una sólida entidad indivisible.
Se conocieron muy jóvenes: estuvieron cinco años de novios y cincuenta y nueve casados. Con esto podría dar por terminado todo lo que se puede decir de ellos, pero voy a escarbar en mis recuerdos y a esbozar el contexto en que se criaron, crecieron y empezaron a reproducirse, ello me ayudará a comprenderme, ya que soy un producto de su fuerte unión.
Ambos nacieron en 1.915, mamá en agosto y papá en junio, él en Barcelona, ella en Valderas (León) pueblo que dejó a los seis ó siete años rumbo a Barcelona, donde había muerto su padre pocos meses antes. Cursó los primeros grados en un colegio de monjas en Tarrasa junto a sus otros tres hermanos. Luego trabajó con abuelita haciendo chalecos de hombre durante varios años. Más tarde en Barcelona, hasta que se casó, estuvo trabajando en una sastrería donde aprendió el oficio de hacer trajes, de hombre principalmente.
Papá iba para perito textil cuando conoció a mamá. Luego el destino quiso que estudiase electricidad por correo cuando estuvo un tiempo enfermo en cama. En aquellos años muchos jóvenes contraían tuberculosis y eran curados a base de descanso, comida abundante y paciencia. Al carecer de ésta última, papá se buscó un entretenimiento que fue, para él, el resto de su vida, el modo de ganar dinero. Mucho dinero ganó mi padre y mucho, todo, lo gastó con la familia, principalmente haciendo que su Rosario, mamá, fuese felíz. Y lo consiguió.
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