Desplazamiento
Gastamos la primavera en recorrer las playas del Mediterráneo: desde Sitges, pasando por la Costa Brava, a Cannes, Niza y Mónaco. Llegamos a Italia sin interrupción y conociendo Génova, Pisa y Florencia fuimos a parar a Roma, luego camino a Venecia nos detuvimos en el país más pequeño del mundo: San Marino, una montaña independiente. Llegó el verano en Milán, en la Lombardía, subiendo los Alpes llegamos a Suiza, por fin, que nos deslumbró en Innsbruck. Despacio, lago a lago, hasta Ginebra y paseando por Berna llegamos a Alemania.
En Alemania nos esperaba Ernesto, mi amigo argentino, hijo de alemanes, que estaba en la universidad de Stuttgart estudiando ingeniería. Hicimos cuartel general en esa ciudad para conocer a fondo el país aprovechando, una vez más, la compañía de muchachos entusiastas que conocían pueblos y rincones que no podíamos dejar de ver. Ernesto tenía dos o tres amigos que se unieron a la tarea de arrastrarnos por la Selva Negra, Baviera, Munich: a medida que nos adentrábamos en la zona, sus pueblos cerveceros nos sorprendían con sus carros cargados de toneles tirados por unos percherones con cuatro columnas por patas y crines albinas. Los tiroleses, insólitos en sus pantaloncitos de cuero, lucían, orgullosos, sombrero con penacho agitado al viento y nos marcaban la dirección hacia unos castillos a los que se llegaba atravesando primero valles y laderas verdes, paisaje cuajado de árboles oscuros y húmedos con formato navideño que de improviso, como si nos reconocieran protagonistas de un cuento de hadas no escrito, abrían portalones dando paso a una entrada magnífica, a salones dorados de paredes de piedra con tapices medievales y grandes banderas, escudos y gallardetes que remontaban los siglos enganchados en sus jirones. Cuando el Imperio en la historia germana empezaba a empalagar con sus glorias repetidas en batallas y conquistas, cuando los valores de un pueblo, ario, blanco, caucásico, valiente, indomable e inteligente, con cualidades únicas, nos empezó a parecer por reiterativo, agobiante, dimos la vuelta y nos dirigimos a Heidelberg, a su universidad. Allí, con nuestros amigos, nos mezclamos confundiéndonos con estudiantes residentes que habían terminado, nos dijeron, los exámenes finales. Según costumbre, en aquellas fechas sus padres y abuelos los visitaban luciendo orgullosos, algunos de ellos, cicatriz en una mejilla que proclamaba su asistencia a la misma facultad en otra generación, cuando aún se permitían las peleas a florete para lavar ofensas de honor. Y por supuesto visitábamos, entre una cosa y otra, ciudades o pequeños pueblos industriales, grises de acero Solingen y fábricas de coches caros. Cuando creíamos tener idea clara de los orígenes, tradición y costumbres del país, nos llevaron a Dachau.
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10.Nov.07
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Carreteras internacionales
De pronto cambian las cosas que satisfacen tu alma y descubres brisas primaverales, claroscuros percibidos a través de una vieja ventana entreabierta y conversaciones tartamudas con personajes pintorescos. Viajar: atreverte con un guiso desconocido y un museo paleontológico. Buscar a toda prisa el paraguas cuando la lluvia ya te ha impregnado la sonrisa complaciente. Si todos los amaneceres se convierten en aventuras por develar y las noches apagan las farolas de un parque desconocido, empiezas a ser un viajero. Abandonas al turista y sin pretenderlo te sumerges en diferentes planos con naturalidad, aquel puente o camino o árbol o castillo era lo que te estaba esperando. Te fijas en la gente, la forma de sus narices, el color de su pelo: cambia la etnia y el clima. El agua es sabrosa y un olor se mezcla con música irrepetible. En un puesto callejero compras un pollo asado que comes en la plaza de una ciudad escondida y provinciana con bailarines en sus fiestas patronales. No puedes volver atrás: ya nunca serás otra vez aquel que sucumbió a una indigestión trashumante.
Pasamos más de un mes viajando por España y Portugal y aprendimos el oficio: hacer las cosas bien y dejar atrás las tonterías. Los cuatro fuimos eficaces y nos sentíamos radiantes con las maletas a cuestas; llenábamos cada día el Citroën con paquetes y recuerdos, con sombreros protectores del sol y zapatillas para los pies cansados y doloridos.
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01.Nov.07
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Estreno
La emoción de los preparativos. Elegir el contenido de una maleta como si metiéramos en ella nubes autoras de dibujos inciertos. Se nos dice, a Rosarito y a mí, cual es el primer destino de un viaje a través de España: Semana Santa en Sevilla.
Papá había comprado un coche, un Citroën (llamado popularmente “tiburón”), con la matrícula turista: fondo rojo y numeración terminada en el 75 indicativo de París, vehículo utilizado en aquellos años por el presidente francés, cuerpo diplomático y poco más. Con un beso a los que dejábamos atrás: Concha, mi primo y abuelita cerramos las puertas del coche y estrenamos futuro.
Nos dirigimos a Madrid primero y enfilamos enseguida rumbo a Andalucía. Pasamos noches en hoteles de la carretera y días en pequeños pueblos antiguos: unos blancos, encalados y limpios por fuera; otros marrones, tallados en la montaña, cuevas ancestrales que integraban en el paisaje habitaciones humanas como nidos de pájaros arcaicos.
En todos esos pueblos las mujeres bajaban al río a lavar la ropa, los burros de felpa gris eran usados de trasporte tanto de ramas secas y fruta como de personas y las tiendas, si las había, pertenecían a otro siglo. Poco a poco se formó en mi interior un agujero negro, una especie de máquina del tiempo. Había que asimilar por qué unas personas vivían así en unos sitios y en otros de manera tan distinta. Se empezaron a formar unas líneas de puntos que tardarían en formar trazos, en cuajar opiniones, en transformarse en experiencias que darían a Maritere una propia, personal e intransferible conciencia del mundo.
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26.Oct.07
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Resumen
El invierno y el frío llegaron a Barcelona, y con él las Navidades que serían insólitas para mi que estaba acostumbrada a verano, playa y calor en esas fechas.
Maritere había conseguido tener varios amigos de diferente origen, unos eran familiares, otros recién conocidos y algún compañero del barco, con ellos iba al cine, a conocer alrededores o simplemente a merendar chocolate con ensaimadas a la calle Petrixol.
El único adulto que cuidaba de mis diecisiete primaveras era tía Concha. No tenía en mi cerebro ni en mi alma elementos que me permitieran juzgar su conducta, criticarla, o asombrarme tan solo de su vida. Es más, la educación monjil y pazguata del internado, por una parte y por otra la sumisión femenina trasmitida por mi madre, me habían convertido en alguien que aceptaba todo lo que hicieran las personas mayores que tuvieran relación cercana a la familia o que tuvieran autoridad conferida por el orden establecido. Simplemente miraba, oía, y aceptaba que ella era así, aunque no entendía sus gritos a mi primo Fernandito que parecía un pequeño perro apaleado, tampoco sabía el por qué de su amistad con un par de señores con los cuales algunas veces salíamos a cenar y todo… Manolita, por otra parte, me contaba a ratitos que coincidíamos, retazos de historias con las que llegué a saber datos tan estrafalarios que supuse tenían que ser inventados. También circulaba por la casa, algunos sábados, una señora muy amiga de Concha que vivía cerca, era enfermera, muy seria y la reñía en incontables ocasiones. Yo las oía hablar antes de dormirme por las noches. Francisca era el nombre de ésta señora y conocía al padre de Fernandito. Después de muchos años habían vuelto a verse Concha y él por mediación de Francisca que era, por una parte, amiga de Concha y por otra vecina del señor en cuestión. Por el hijo que tenían en común elaboraron acuerdos económicos, (si hubo otros no me quedó claro).
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24.Oct.07
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El barrio de la adolescencia VI
Ocho meses con Concha
Nada más irse papá, empecé a mirar con detenimiento las paredes que me acogían. La casa de Concha, por definición, era una anticasa en el más amplio sentido de la palabra. La cocina no era tal: sobre un mueble con una puerta desvencijada había un hornillo pequeño, eléctrico, que con mucho esfuerzo calentaba un cacito de aluminio con algún líquido dentro. El resto de la habitación, grande, estaba peladísimo. Si alguna vez hubo una familia “normal, con usos y costumbres “normales” en la vivienda, había borrado meticulosamente sus huellas. El cuarto de baño también era grande, tenía bañera pero… no había agua caliente. Dos dormitorios, uno para Concha y otro de Fernandito (que me fue cedido y él, en un colchón al lado de su madre, pasó el invierno), ambos tenían lo mínimo para ser habitados. En lo que hubiera podido ser un tercer dormitorio, estaba montado el comedor, con una mesa redonda y varias sillas, un mueble para la vajilla y algunos libros. En un rincón, bajo la ventana, un silloncito verde y peludo con una lámpara de pie hacía las veces de salita de estar. La parte principal, lo que seguramente habría sido el comedor/salón, estaba ocupado por el taller, las máquinas de coser y una mesa de patronaje muy grande que ocupaba toda la pared del fondo con una lámpara de luz potente que pendía del techo sobre ella. Un ventanal de doble puerta con cristales daba al balcón y entraba mucha luz. Olía a fantasmas. En vez de oír a operarias trabajando con el fondo de tijeras sobre papel y rasguidos de las telas que aparecían meticulosamente enrolladas en tubos de cartón y apoyadas en las esquinas, el silencio era el protagonista más asiduo. Cuando le tocaba venir a Manolita ponía la radio a todo meter y en un pis pas enaguas y camisones de nylon con encajes y puntillas incrustados, pijamas de raso y miles de bragas salían de sus manos de tal forma que recordaba el milagro de los panes y de los peces. Mi tía salía por la mañana, regresaba, volvía a irse… nos encontrábamos en “La Bien Servida”, restaurante donde comíamos a medio día, todos los días, Fernandito, que iba al colegio mañana y tarde, ella y yo. Por la noche tortillas francesas o huevos fritos con pan y leche por la mañana, era todo lo que el hornillo de marras daba de si. Aprendí a hacer unas sopas con polvos de sobre que acompañaban y daban calor. Me integré en un estilo de vida insólito, pero que no tenía, de momento, galletas rotas y por lo tanto me decía a mi misma que había cosas peores.
Me matriculé en dos academias: una de inglés y otra de alemán. Mis padres habían dispuesto que no perdiera el tiempo miserablemente y se lo agradecí mucho. Fueron las clases y los paseos con mi tío José María lo que me libró de un colapso vital profundo y definitivo.
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28.Sep.07
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