Home > Fotorelatos > Viaje

Viaje

November 16th, 2008

Estoy cansada, las manos me duelen de manejar herramientas demasiado grandes, tengo que ponerme guantes, lo digo siempre, no lo hago nunca.

La maceta caída enseña unas raíces quejumbrosas que apuntan al cielo, exactamente mueren hacia fuera. El viento huracanado de la noche pasada ha hecho un destrozo total en mi terraza-jardín. El otoño ha llegado muy ventoso. Yo ya estoy en invierno. Recojo con la pala, despacio, la tierra amontonada en el suelo, me distraigo un momento al ver las lombrices que se retuercen incómodas a la la luz y sonrío, introduzco sus cuerpos redondeados, ahusados, que se retuercen enfadados en una jardinera nueva que he comprado ésta mañana. He puesto unas piedras en el fondo para que drene el agua y meto primero la tierra con lombrices que recojo de las macetas rotas, después abro y vuelco cuidadosamente varias bolsas de compost para exteriores dentro de la grande y hermosa jardinera y pienso en qué plantar como sustitución a los viejos rododendros que han muerto violentamente. La vida nueva vendrá en primavera. Ya no soy necesaria, todo continuará si no estoy. ¿Debo alegrarme?

En aquel jardín argentino de Mar del Plata mi madre cuidaba dalias de varios tipos y colores, la veo agachada removiendo la tierra, cortando los tallos viejos y recogiendo los bulbos a finales del verano, aquel verano de enero y febrero que tan lejano y extraño me parece ahora desde ésta Tarragona europea. Años más tarde tuve un jardín en Montevideo, allí - no en el jardín, claro - nació mi segundo hijo y todos pasamos muchas horas jugando con varios perros que nos acompañaron en la primera infancia transcurrida,ahora si, en el jardín - desde luego.

Perros, si, en plural. Aúnque no estuvieron nunca todos juntos. Tuvimos un dóberman, un pequeñajo mezcla de coker negro y marrón, un policia belga, negro como una noche tenebrosa… Un día apareció en la puerta, dentro de una caja,una perrita beige de pocos días que pude acomodar en la casa de una vecina…

No se cómo llegó hasta nosotros un perrujo extraño al que llamamos Pistris, de esos de pura raza perro-perro callejero. Vino arrastrando una cuerda de su cuello y muy maltrecho: sus costillas relucían y destacaban a través de una piel cubierta de un indeciso pelo amarillento que raleaba en pequeñas clapas en su lomo. No le hicimos caso. Pero le dimos leche en un plato viejo y desportillado para que siguiera su camino un poco recobrado.

Al día siguiente seguía acurrucado en un rincón entre la casa y el garaje. Le dimos más leche y sobras de nuestra comida. Fernando, qué mayor es ahora mi hijo mayor con cuarenta y cuatro años, aclaraba que tenía que ponerse fuerte para seguir el viaje de su vida. Yo he seguido el mío y estoy en via muerta. Pistris no entendió el mensaje y se quedó siguiéndonos a todas partes a pesar de los esfuerzos para hacerle comprender que no pertenecía a nuestro hogar.

Un día trajo un gato muerto que olía fatal. Lo arrastraba, trotando felíz, agarrando entre sus dientes una cabeza que hacía pendular el resto del cuerpo felino por el césped verde, húmedo y recortado. Le dije al padre de los chicos que se deshiciera rápidamente de aquel gato nauseabundo. Él lo metió en una bolsa, salió a la noche oscura y al regreso contó alborozado que del gato ya no sabríamos nunca nada más.

Vivíamos en un barrio alejado, las calles de la urbanización no estaban asfaltadas y la basura se recogía en días alternos. La solución había sido enterrar al gato, envuelto en la bolsa, poniendo encima una piedra enorme que impediría que nada ni nadie molestara los restos mortales del gato en su último destino.

Doce horas más tarde al abrir la ventana, después de levantarnos y antes de desayunar, lo primero que vimos fue al gato que estaba, con sus moscas y sus gusanos, al lado de Pistris que aún dormitaba después de una dura jornada nocturna que aún envolvía sus patas sucias de tierra y con algún desgarro entre sus uñas.

Otra vez Enrique y Fernando decidieron que había que alimentar al perro para que cuando estuviera fuerte pudiera irse a recorrer mundo tranquilamente sin tener que ocuparse de los gatos muertos. Ahora yo no tengo gatos muertos pero sí muchos sueños rotos que no se esfuman por más que les digo que ya no son actuales ni posibles.El gato muerto tenía que desvanecerse de mi vida. En un momento de la tarde en que los niños estaban en el colegio, mi marido en el trabajo y Pistris distraido con otros menesteres, decidí quemar el gato muerto y poner fin al entuerto, a una parte del entuerto en realidad, pues quedaba qué hacer con Pistris. Otras decisiones he tomado que han acabado con resultados opuestos a los deseados.

Busqué queroseno que teníamos en reserva para las estufas, necesarias en invierno, y cogí una botella llena con la mano izquierda a la vez que intentaba reprimir la repugnancia frunciendo la nariz y a pesar de que la garganta regurguitaba sabores atrapé al gato muerto con mi derecha que sostenía varias hojas de periódico que impedían el contacto directo con aquella carne peluda y descompuesta con mi piel y salí con una meta definida. Detrás de la casa el terreno estaba vacío, socabones, piedras, unos matojos y dos árboles medio secos componían el paisaje. Puse el gato muerto envuelto entre papeles en el suelo entre pequeñas piedras, lo rocié con el queroseno y prendí aquella peste con unas cerillas que había guardado en el bolsillo de mis pantalones vaqueros, el humo fue inmediato. El olor, ahora grasiento, a cadáver putrefacto quemándose, se extendió por el vecindario. Estaba anocheciendo, el fuego crepitaba y yo, inmóvil, contemplaba feliz, la hoguera chispeante. Asqueada pero segura creía haber solucionado el problema definitivamente. Regresé a casa, me lavé las manos con agua caliente, me rocié con colonia. y preparé la cena. Los niños preguntaron por Pistris que no estaba en el jardín y contentos aseguraron que el alimento dado había sido provechoso y ahora estaría en su nueva aventura canina, dirigiéndose hacia un destino sin duda envidiable. Yo rogaba para que nadie saliera buscando el origen del olor extraño y desagradable que avanzaba por retaguardia, dando por descontado que el fuego purificador había dado cuenta de todas las partículas del cuerpo sin vida del gato fantasmal.

Y llegó un nuevo día. En aquellos tiempos los días traían novedades, ahora en mi destino final me preocupa encontrar ocupaciones que alejen la solitaria realidad. Por la mañana encontramos a Pistris en el jardín muy contento moviendo la cola despeluchada con una sonrisa en sus ojos marrones. Había cumplido con diligencia su cometido. Había traído al gato muerto, achicharrado, con escasos trozos de carne ennegrecida y pelos pardos rizados y pegajosos, casi derretidos, adheridos a lo que quedaba de un esqueleto carbonizado adornado de gusanos y tripas que sobresalían por lo que había sido la barriga. Pistris estaba orgulloso. Había resuelto, otra vez, un trabajo que le hacía ganar un alimento saludable dado con dedicación y constancia por cachorros de pantalón corto que corrían entre los rosales y un limonero escuálido que nunca prosperó en aquel jardín de Montevideo. Malos entendidos también he tenido, y encuentros torcidos en los que confié y luego muchos lloros.

Sigo trajinando entre los restos de mis macetas, ahora me acuerdo de otros perros que tuve, otros que tuvimos, aquel que murió en una noche de tormenta… Pistris fue ingénuo, un crédulo nada conocedor de las contradicciones humanas, finalmente acabó en un pueblo lejano, en la chacra/granja de unos conocidos. Al gato lo recogió un eficaz servicio de basureros un jueves por la noche, bajo la atenta mirada de la familia en pleno.

Se encienden las farolas. Un escalofrío me recorre la espalda y doy por acabada mi labor de jardinera. He cruzado continentes y he atravesado ciclos históricos. Me tambaleo al incorporarme, mis pobres huesos ya no me sostienen.

Me prepararé una taza de leche caliente y me iré a dormir ilusionada, pensando que el viaje continuará mañana.

Foto:Marc Almeida

Mari Tere. Salou. Noviembre 2008

Fotorelatos

2 Comments

  • At 2008.11.17 18:07, errante said:

    anhelaba el resurgir de foto-relato, muy bueno.
    besicos

    • At 2008.11.18 19:42, bps said:

      Me alegra, mas que nada porque de momento será la rama que siga “viva” en la web, estoy a mil cosas y estoy muy, pero que muy poco a poco, centrándo las cosas, pero de momento y por la parte que me toca estoy un poco en “standby” aunque ni de broma quiere decir que no siga, es un break, be patient my friend!

    (Required)
    (Required, will not be published)