Pedacitos de agua
La mañana invernal no daba paso al sol. Grises y densas nubes cubrían intermitentemente el cielo. Ana caminaba despacio. Miraba sus pies, uno delante del otro, un paso y otro más y otro y otro… ya estaba cerca de la playa. De todos los rumbos posibles había elegido uno que adivinaba desierto y, efectivamente, allí solo se oía el viento entre las palmeras cuando las inmensas hojas entrechocaban entre si. Un perro corría solitario por la orilla soñando dar caza a gaviotas fugaces.
Se adivinaban figuras lejanas, deportistas quizás, que entrenaban. Las casas que lindaban con el paseo estaban cerradas y las ventanas protegidas, preparadas para largos meses sin habitantes.
En los hoteles que salpicaban el paisaje algunos operarios trabajaban en diferentes puntos: persianas rotas, barandillas que debían sustituir, toldos desmontados y en las piscinas vacías se veían montones de baldosas nuevas en su interior que tomarían el lugar de las rotas. En los jardines podaban los árboles y removían los parterres.
Ana apresuró el paso, el aire húmedo le traspasaba la chaqueta y sintió un escalofrío por la espalda.
En el verano estaba morena de sol y ella lucía espléndida en las noches que compartió con Raúl. ¡Aquellas noches!
La arena blanda dificultaba el andar y Ana se detuvo cerca de unas rocas en las que rompían las olas con espuma efímera y se distrajo intentando ver formas distintas en cada golpe de mar.
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Blancos remolinos, agujeros negros, aguas oscuras que desde el fondo intentaban avanzar y terminaban, una y otra vez, en mil pedazos.
La marea insistía, parecía querer apartar las murallas de piedra y avanzar hacia ella que, inmóvil, parpadeaba cuando era alcanzada por diminutas gotas que la salpicaban.
M.T

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