Carreteras internacionales
De pronto cambian las cosas que satisfacen tu alma y descubres brisas primaverales, claroscuros percibidos a través de una vieja ventana entreabierta y conversaciones tartamudas con personajes pintorescos. Viajar: atreverte con un guiso desconocido y un museo paleontológico. Buscar a toda prisa el paraguas cuando la lluvia ya te ha impregnado la sonrisa complaciente. Si todos los amaneceres se convierten en aventuras por develar y las noches apagan las farolas de un parque desconocido, empiezas a ser un viajero. Abandonas al turista y sin pretenderlo te sumerges en diferentes planos con naturalidad, aquel puente o camino o árbol o castillo era lo que te estaba esperando. Te fijas en la gente, la forma de sus narices, el color de su pelo: cambia la etnia y el clima. El agua es sabrosa y un olor se mezcla con música irrepetible. En un puesto callejero compras un pollo asado que comes en la plaza de una ciudad escondida y provinciana con bailarines en sus fiestas patronales. No puedes volver atrás: ya nunca serás otra vez aquel que sucumbió a una indigestión trashumante.
Pasamos más de un mes viajando por España y Portugal y aprendimos el oficio: hacer las cosas bien y dejar atrás las tonterías. Los cuatro fuimos eficaces y nos sentíamos radiantes con las maletas a cuestas; llenábamos cada día el Citroën con paquetes y recuerdos, con sombreros protectores del sol y zapatillas para los pies cansados y doloridos.
Todos confesábamos haber descubierto algo personal que no podía concluir en el tiempo fijado por el presupuesto económico. Los hoteles consumían mucho dinero y a pesar de no malgastar en comida y usar la ropa más sencilla, planeaba sobre nosotros la desolación de no poder ver un desenlace a las aspiraciones que parecían esperarnos al final de la carretera, autopista, autobann, autostrada o camino de montaña.
Habíamos visitado, en nuestro peregrinaje, algunos campings primos hermanos del que yo había descubierto en el pirineo catalán, durante aquella excursión con mi tío segundo José María. Una idea rampante empezó a anidar en los deseos de todos nosotros. Era inconfesable en un principio. Nos mirábamos en silencio al contemplar tiendas de campaña, caravanas, personas que lavaban su ropa y hacían la comida en aquellas instalaciones con árboles y oficinas, con grifos, duchas y planchas. Y quedó solventado un mediodía mientras sabrosos bocadillos de jamón distraían nuestro cuerpo, de improviso y con determinación irrevocable, decidimos que el dinero que se gastaba en un mes viajando en el citroen y en hoteles, se multiplicaría con una furgoneta – caravana y en campings: podríamos dormir y comer en casa, a la vez que los kilómetros serían más baratos. Una furgoneta en especial, que habíamos visto muy repetida, era la necesaria para el objetivo previsto: la WW Camping-caravannig con tienda adosable nos esperaba en algún establecimiento y solo había que ir a buscarla. Papá se arremangó y fue a Alemania (donde estaba Ernesto, un amigo mío de la etapa epistolar que ya habíamos conocido todos, pues había pasado unos días en Barcelona en sus vacaciones universitarias) y allí vendió el adorable Citroën y compró lo que sería nuestro transporte fiel, amistoso y perdurable. La furgoneta WW solo acabó su compañía cuando lo dispuso el destino, es decir las necesidades humanas que junto con el frío en Dinamarca, muchos meses después, hizo que se pusiera fin a nuestro transitar por carreteras internacionales mapa en mano, guía de campings sobre los folletos turísticos y el deseo insaciable de ir un poco más arriba, conocer solo un país más.
La última frontera llegó, pero antes tuvimos tiempo suficiente para catar vino blanco alemán y chianti italiano. Conocimos vacas suizas con cencerros relucientes. Aldeas gallegas y palacios en Versalles. Ruinas en Nerja, piedras dolomíticas, caminos romanos, castillos en el Rhin y encajes belgas. El espectáculo del Folis Bergere en París y sus mujeres hermosas casi desnudas, se fue mezclando con molinos de viento holandeses y los pintores clásicos titilaban todavía en nuestras retinas cuando llegamos a la fábrica Mercedes Benz.
Quizás hasta nos bendijeron en el Vaticano al quedar seducidos en Venecia y se tuvo que conducir al revés en Londres después de cruzar, a bordo de un ferry, el Canal de la Mancha.
Viajar con el Citroën fue como paladear el aperitivo en un restaurante de cinco tenedores, esperando la langosta con salsa de la casa que nos traerá el maître.
La furgoneta WW nos transportó y transplantó por Europa.
Ella permitió que protagonizáramos, activa y humildemente, sueños aparentemente sencillos que se convirtieron en nuestra existencia habitual dotando, tanto a los padres como a las hijas, de hábitos, actitudes y capacidades que aún hoy me maravillan.
Afrontamos tormentas, frío y oscuridad. Nos perdimos en países en los que nadie nos entendía, se acabó la gasolina y la convivencia no se resintió.
Fuimos fuertes y nos divertimos.
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