Estreno
La emoción de los preparativos. Elegir el contenido de una maleta como si metiéramos en ella nubes autoras de dibujos inciertos. Se nos dice, a Rosarito y a mí, cual es el primer destino de un viaje a través de España: Semana Santa en Sevilla.
Papá había comprado un coche, un Citroën (llamado popularmente “tiburón”), con la matrícula turista: fondo rojo y numeración terminada en el 75 indicativo de París, vehículo utilizado en aquellos años por el presidente francés, cuerpo diplomático y poco más. Con un beso a los que dejábamos atrás: Concha, mi primo y abuelita cerramos las puertas del coche y estrenamos futuro.
Nos dirigimos a Madrid primero y enfilamos enseguida rumbo a Andalucía. Pasamos noches en hoteles de la carretera y días en pequeños pueblos antiguos: unos blancos, encalados y limpios por fuera; otros marrones, tallados en la montaña, cuevas ancestrales que integraban en el paisaje habitaciones humanas como nidos de pájaros arcaicos.
En todos esos pueblos las mujeres bajaban al río a lavar la ropa, los burros de felpa gris eran usados de trasporte tanto de ramas secas y fruta como de personas y las tiendas, si las había, pertenecían a otro siglo. Poco a poco se formó en mi interior un agujero negro, una especie de máquina del tiempo. Había que asimilar por qué unas personas vivían así en unos sitios y en otros de manera tan distinta. Se empezaron a formar unas líneas de puntos que tardarían en formar trazos, en cuajar opiniones, en transformarse en experiencias que darían a Maritere una propia, personal e intransferible conciencia del mundo.
Era un juego renovado cada día, por fin Rosarito y Maritere iban juntas, éramos colegas formando pareja para discutir itinerarios y objetivos. Se debía pensar qué era lo más importante y buscar orientación. Compramos guías de las principales ciudades de Andalucía y las estudiamos con ahínco por las noches, después de cenar. Empezamos a planificar el tiempo. Estábamos en la alborada del viaje y veíamos que no había horas suficientes, que teníamos que elegir lo que queríamos visitar antes de consumir días rellenando lapsos vacíos. Contagiamos de tal manera a nuestros padres con proyectos, que se hizo costumbre mirar mapas, leer folletos, decidir dónde comer, dónde dormir y hasta qué día y lugar sería el turno de lavarnos la cabeza y ponernos los rulos. Tiempo, queríamos tener tiempo para no perdernos nada de todo lo que estaba, allí fuera, esperándonos.
Al llegar a Sevilla nos sorprendió el frío. Por las noches de aquel principio de abril de 1.961 tuvimos que ponernos el abrigo más gordo que encontramos en las maletas. Nada más salir a pasear impulsados por ansias de beber aire desconocido, algo imprevisto dio comienzo, algo que llegó a ser natural, algo que nos acompañó en casi todas las ciudades a las que fuimos llegando en los siguientes meses: íbamos rompiendo nuestra ausencia en las calles típicas mientras las ventanas enrejadas y plazoletas floridas nos contemplaban asombradas, cuando se nos acercan, con la superioridad del anfitrión cálido que da cobijo al intruso, unos muchachos de nuestra edad. Era tal su entusiasmo, su alegría y su acento andaluz, que el ciclo vivido sobre verdes pampas se diluyó. Ellos, al constatar el desconocimiento que teníamos sobre los detalles más íntimos de la Semana Santa, propusieron ser nuestros guías explicándonos con todo detalle las ventajas de conocer la marcha de las procesiones desde dentro, no estáticamente sentadas en algún punto de la ciudad en aquellas sillas que se alquilaban. Podíamos andar por Sevilla, seguir procesiones, visitar iglesias y conocer personas, zanjando así nuestra ignorancia. El proyecto era audaz y creímos que nuestro deber era aceptarlo. Quedamos para el día siguiente. Un poco sorprendido, a papá no le pareció mal nuestra deserción, los adultos podían ir a su aire (alquilarían sillas). Todo era a la luz del día y en tiempo y lugar sagrado.
Fuimos testigos de ritos y costumbres que nos mostraban impúdicamente un concepto de la religión diferente a lo que jamás habíamos imaginado:
Los encapuchados de las congregaciones con el hábito y capirote de diferentes colores; a tal hora había que ver un paso de la Virgen salir por la puerta de la iglesia y comprobar que casi no cabía en la estrechez del callejón corcoveante al bajar la cuesta. El paso del Nazareno pasaba por el puente sobre el río a una hora determinada; teníamos que coincidir en un bar concreto donde los costaleros tomaban un vino para reponer fuerzas y no se podía olvidar la bendición del día que solo la impartía el obispo. Nos permitieron contemplar a la Dolorosa y su “baile”, mientras llora a su hijo muerto.
Nos presentaron al “Cachorro”: paso mortuorio con Cristo crucificado que en viernes santo sale al amanecer cruzando el barrio de Triana. La música, las velas, el silencio, las voces de mando de los que dirigen a los que, arrastrando los pies, cargan el peso de aquellas figuras que forman escena teatral sobre parihuelas de plata que transportan a sus espaldas. Los fieles apretujados en los recodos del camino. Una saeta rasga el primer rayo de sol. Los pelos de punta debajo del abrigo tatuaron en mi memoria sentimientos profundos y eternos. A pesar del dramatismo que trasmitía el momento de la muerte, hubo alegría en aquellos “Olés” que a modo de piropos se oían al pasar, bajo balcones demasiado cercanos, aquel Cristo en su cruz.
¿Dónde quedaba Argentina? Las monjas del internado…las confesiones con el capellán. Una devoción incomparable nos fue mostrada: la gente lloraba y reía, cantaba y rezaba a la vez. Aquel amanecer me dejó helada. La humedad del río Guadalquivir se metía dentro de los calcetines, subiendo pantalón arriba y varios escalofríos hicieron que mis acompañantes, hermana y amigos, se alertaran del precario gris que apagaba mi cara. Me invitaron al primer coñac de mi vida para entrar en calor, dijeron, pero antes que un desmayo sofocara mi ilusión, tuve que convocar un antídoto eficaz sentándome en el bordillo con goterones aún calientes de la cera derretida de los cirios que se reflejaban en el cielo rojizo y se perdían chispeando en un barrio adornado de geranios entre gritos de los gitanos, palmas, vítores y suspiros.
Con el Domingo de Resurrección se terminó la visita guiada. Todo lo que percibimos, olimos y escuchamos aquellos días no formó solo un recuerdo, fue germen de la curiosidad que se asentó en nosotras permitiendo que las emociones vividas se repitieran en la ruta de aquel viaje, también interior, que había comenzado.
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