Resumen
El invierno y el frío llegaron a Barcelona, y con él las Navidades que serían insólitas para mi que estaba acostumbrada a verano, playa y calor en esas fechas.
Maritere había conseguido tener varios amigos de diferente origen, unos eran familiares, otros recién conocidos y algún compañero del barco, con ellos iba al cine, a conocer alrededores o simplemente a merendar chocolate con ensaimadas a la calle Petrixol.
El único adulto que cuidaba de mis diecisiete primaveras era tía Concha. No tenía en mi cerebro ni en mi alma elementos que me permitieran juzgar su conducta, criticarla, o asombrarme tan solo de su vida. Es más, la educación monjil y pazguata del internado, por una parte y por otra la sumisión femenina trasmitida por mi madre, me habían convertido en alguien que aceptaba todo lo que hicieran las personas mayores que tuvieran relación cercana a la familia o que tuvieran autoridad conferida por el orden establecido. Simplemente miraba, oía, y aceptaba que ella era así, aunque no entendía sus gritos a mi primo Fernandito que parecía un pequeño perro apaleado, tampoco sabía el por qué de su amistad con un par de señores con los cuales algunas veces salíamos a cenar y todo… Manolita, por otra parte, me contaba a ratitos que coincidíamos, retazos de historias con las que llegué a saber datos tan estrafalarios que supuse tenían que ser inventados. También circulaba por la casa, algunos sábados, una señora muy amiga de Concha que vivía cerca, era enfermera, muy seria y la reñía en incontables ocasiones. Yo las oía hablar antes de dormirme por las noches. Francisca era el nombre de ésta señora y conocía al padre de Fernandito. Después de muchos años habían vuelto a verse Concha y él por mediación de Francisca que era, por una parte, amiga de Concha y por otra vecina del señor en cuestión. Por el hijo que tenían en común elaboraron acuerdos económicos, (si hubo otros no me quedó claro).
Ese señor puso el dinero y ayudo a organizar el taller de Concha, pero ella no lo sacó adelante. El señor estaba casado y con el dinero invertido limpió su conciencia: no quiso saber nada más de mi tía y de mi primo. Ese señor no era el mismo con el que se había casado Concha después de la guerra. Demasiadas complicaciones para mí, no lo entendía ni quería hacerlo.
Había silencios mortales, demasiados, a la hora de la cena. Fernandito me adoptó pidiéndome un cobijo que no supe darle en absoluto pues también iba yo perdida sin puntos de referencia. Fue un invierno demasiado largo, en el que contaba los meses para que llegara mi familia tratando de llenar las semanas de alguna manera.
Pasaron las fiestas de diciembre e incluso Reyes, sin nada especial que diera color a la convivencia. No se cómo llegó a mis manos una revista, Florita creo que se llamaba, en la que había escritos de chicos o chicas que pedían amistad epistolar con alguien por motivos diversos que a veces explicaban y otras veces no. Para llenar aquellos largos y negros atardeceres del invierno pasado en la casa de Concha, contesté a muchos/as y llegué a conocer a alguno de ellos, como fue Pedro R. G, de Reus que estaba haciendo la “mili” en Canarias, muy aburrido. Fue entretenido escribirme con él, y al explicarle los planes de viajar cuando mis padres llegaran de Argentina, me hizo una invitación formal para que junto a mi hermana, pasáramos la Fiesta Mayor de Reus, en junio, en su casa, con sus padres. Acepté encantada y visitamos Reus en junio de 1.961 por San Pedro.
El tema novio formal se fue diluyendo, evaporando, nos escribimos durante un tiempo pero tantas emociones, tantas experiencias, tantos proyectos futuros de conocer Europa, me convirtieron en alguien muy diferente de la Maritere que había partido hacía unos meses de Buenos Aires. Lo dimos por terminado, le dije concretamente que él no me entendía y lo aceptó porque era la verdad más verdadera de todas las verdades oídas nunca.
El amigo del barco, el otro José María, ocupó los días de fiesta en que no había otra cosa que hacer. A su favor tenía un coche Renault, utilitario y pequeñito, que nos llevaba a Sitges y a otros pueblos cercanos que me encantaba visitar. Pero era bastante mayor que yo, tenía como veintisiete años, era ingeniero industrial y había vivido muchos años a caballo entre Argentina y España. En Barcelona concretamente, su familia tenía una editorial o distribuidora de libros y él venía a trabajar de forma seria y definitiva. Creo que hasta llegó a pedirme que nos casáramos. Me pareció la cosa más absurda: ¡Si yo acababa de salir de la infancia! Mis deseos de que alguien me cuidara no eran los de un marido que me llevara casi diez años. Fin. No nos volvimos a ver.
Y entre unas cosas y otras, papá, mamá, Rosarito y abuelita embarcaron para el tan ansiado viaje a España. A finales de un marzo ventoso, llegaron por fin y recuerdo que abracé a mi madre como nunca lo había hecho sintiéndola así: madre mía, qué falta me había hecho su serenidad por favor…
Enseguida me repuse y empezamos un ajetreo que modificó mis esquemas de forma definitiva para siempre jamás, aunque nunca sabré si de la manera más conveniente.
El viaje por Europa duró casi un año entero.
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