El barrio de la adolescencia VI
Ocho meses con Concha
Nada más irse papá, empecé a mirar con detenimiento las paredes que me acogían. La casa de Concha, por definición, era una anticasa en el más amplio sentido de la palabra. La cocina no era tal: sobre un mueble con una puerta desvencijada había un hornillo pequeño, eléctrico, que con mucho esfuerzo calentaba un cacito de aluminio con algún líquido dentro. El resto de la habitación, grande, estaba peladísimo. Si alguna vez hubo una familia “normal, con usos y costumbres “normales” en la vivienda, había borrado meticulosamente sus huellas. El cuarto de baño también era grande, tenía bañera pero… no había agua caliente. Dos dormitorios, uno para Concha y otro de Fernandito (que me fue cedido y él, en un colchón al lado de su madre, pasó el invierno), ambos tenían lo mínimo para ser habitados. En lo que hubiera podido ser un tercer dormitorio, estaba montado el comedor, con una mesa redonda y varias sillas, un mueble para la vajilla y algunos libros. En un rincón, bajo la ventana, un silloncito verde y peludo con una lámpara de pie hacía las veces de salita de estar. La parte principal, lo que seguramente habría sido el comedor/salón, estaba ocupado por el taller, las máquinas de coser y una mesa de patronaje muy grande que ocupaba toda la pared del fondo con una lámpara de luz potente que pendía del techo sobre ella. Un ventanal de doble puerta con cristales daba al balcón y entraba mucha luz. Olía a fantasmas. En vez de oír a operarias trabajando con el fondo de tijeras sobre papel y rasguidos de las telas que aparecían meticulosamente enrolladas en tubos de cartón y apoyadas en las esquinas, el silencio era el protagonista más asiduo. Cuando le tocaba venir a Manolita ponía la radio a todo meter y en un pis pas enaguas y camisones de nylon con encajes y puntillas incrustados, pijamas de raso y miles de bragas salían de sus manos de tal forma que recordaba el milagro de los panes y de los peces. Mi tía salía por la mañana, regresaba, volvía a irse… nos encontrábamos en “La Bien Servida”, restaurante donde comíamos a medio día, todos los días, Fernandito, que iba al colegio mañana y tarde, ella y yo. Por la noche tortillas francesas o huevos fritos con pan y leche por la mañana, era todo lo que el hornillo de marras daba de si. Aprendí a hacer unas sopas con polvos de sobre que acompañaban y daban calor. Me integré en un estilo de vida insólito, pero que no tenía, de momento, galletas rotas y por lo tanto me decía a mi misma que había cosas peores.
Me matriculé en dos academias: una de inglés y otra de alemán. Mis padres habían dispuesto que no perdiera el tiempo miserablemente y se lo agradecí mucho. Fueron las clases y los paseos con mi tío José María lo que me libró de un colapso vital profundo y definitivo.
Mi tía quiso colaborar con mi educación esmerada y me presentó a un profesor que daba clases de refuerzo a Fernandito. Había estado en el seminario estudiando para cura y finalmente eligió casarse, era maestro en algún colegio y lo que las clases particulares eran su redondeo para llegar a fin de mes.
El buen hombre, de unos treinta y pocos años, intentó organizar mi lectura de los clásicos españoles, Cervantes, Quevedo, Góngora… y servir de acompañante en paseos nocturnos. Un día me llevó de visita más o menos turística al barrio Chino, final de las Ramblas a la izquierda, con sus faroles rojos, sus marineros borrachos (estaba la sexta flota de EEUU amarrada en el puerto) señoras vestidas de forma y modo no tradicional…no lo vi nada claro. No se si por aversión a los clásicos o porque el profesor en cuestión parecía tener doble fondo, sus clases no tuvieron raigambre en mi intelecto y di carpetazo al asunto a la primera ocasión en que mi apretada agenda así lo dispuso.
José María, mi tío-amigo, propuso una excursión a ver el Románico del Pirineo, y antes de que las nevadas nos lo impidieran, subimos a un autobús rumbo a Viella y lo que pudiera dar de si un fin de semana en el Valle de Arán. Fue la primera vez que llevé mochila a la espalda, botas de campo y saco de dormir. Pasamos una noche en el pajar de una masia con el beneplácito de sus dueños (calentito se estaba, pero pinchaba la paja a través de la ropa), otro día al raso, bajo las estrellas en una medio cueva que daba miedo, (cuando la luna salió creí oír a los lobos aullar avisando de su llegada) y por fin la última noche, en un precioso pueblecito que no ha quedado grabado su nombre en mi memoria, también por primera vez de lo que sería una larga historia, paramos en un camping prehistórico, simiente de lo que sería en el futuro turístico. Cenamos pan con tomate y jamón y vino del país, servido por pageses reconvertidos en gerentes-camareros.
El grandioso paisaje montañoso nos acompañó siempre, el valle quedaba en sombras desde primeras horas de la tarde. Monasterios con campanarios, capillas perdidas y pueblos todos de piedra, del mas puro estilo románico, con techos de pizarra, callejuelas deslizantes y ríos helados que quedaron atesorados en un rinconcito especial de mi alma.
Empezaba a creer que todo lo que estaba viendo no era un simple decorado. Que era cierto que desde hacía más de mil años seres humanos habitaban los gris - piedra, silenciosos pueblos rodeados de frondosa vegetación por los que andábamos y andábamos, con camisa de cuadros, chaqueta, botas y mochila que alguien me había prestado para mi iniciación como caminadora, y un encantamiento surtió efecto. Andar, viajar, conocer, subir, contar historias, planear visitas, regresar. Una enfermedad que me fue inoculada y ya jamás pude deshacerme de ella.
Al regresar a Barcelona me dijeron que otro José María, compañero de viaje del barco que me había traído a tierras españolas, me había dejado un recado por teléfono.
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