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El barrio de la adolescencia V

September 21st, 2007

Antigüedad

Salimos, papá, el equipaje y yo de la Estación Marítima de Barcelona y nos despedimos, casi en la calle, de algunos compañeros de viaje con los que chocamos en la puerta de las Aduanas, viendo ya el principio de las Ramblas de las Flores. Tía Concha arrastró a su hijo hacia mi nada más vernos y el ramo de rosas, convenientemente adornado por una cintita con los colores de la bandera española, se incrustó en mi cara. Risas abrazos besos y papá, nervioso, llamó a un taxi para que las maletas fueran recogidas convenientemente.

La ciudad nos envolvió al subir Ramblas arriba, hacia la Diagonal. El bullicio de la gente paseando y los quioscos de plantas, bichos y prensa llenaban aquel paseo protagonista en tantas historias contadas por mamá y abuelita. Cuando enfilamos la Rambla, pasada la Plaza Cataluña, papá, señalando hacia un balcón de la derecha, dijo con voz rara:

  • Mira hija, allí vivíamos tu madre y yo cuando nació Rosarito.

  • ¿Te acuerdas de Los Castellanos Enrique? Estaba allí en ese principal con balconada encima del portal que tiene la puerta negra de hierro. Ahora es un despacho de abogados – apuntó Concha levantando la mano hacia un edificio casi en la esquina por la que en ese momento cruzaba nuestro taxi.

  • Vaya, Concha, me parece mentira todo esto…

A mí si que me parecía mentira. Era otro mundo, me lo habían contado, sabía que estaba “en casa” pero me sentía rara. Fernandito me miraba fijamente desde el asiento al lado del conductor con una sonrisa estática. ¿Quiénes éramos en realidad? ¿De dónde habíamos salido? Y me preguntó con voz aguda de niño de nueve años:

-¿Te ha gustado el viaje en barco, Maritere?

¡Qué lejos quedaba ya el viaje en barco! Asentí con la cabeza y sonreí a un primo español que me hablaba en un taxi que corría hacia la casa de Concha en Barcelona. Mis compañeras de curso, en Buenos Aires, estarían preparando los exámenes que yo me saltaba. Rosarito, mamá, abuelita y Googol en Mar del Plata. Todo seguiría igual en Argentina, mi novio también. A ver si le mando una postal, pensé.

Dobló el taxi hacia la derecha al llegar a una plaza y siguió calle arriba con las montañas al fondo que tapaban el horizonte y me fijé en el nombre grabado en una chapa metálica azul: calle Maestro Nicolau. A media manzana paró el coche. Maletas, bolsos y paquetes fueron llevados al interior de una portería grande y, poco a poco, trasladados al piso que se suponía iba a darme cobijo casi un año entero. Al abrir la puerta, Concha me miró y dijo:

  • Anda, pasa, pasa, que estarás cansada…

Empecé a sentirme cansada varios días después. Hubo visitas a la familia, señores viejos y calvos me besaban, señoras gordas me abrazaban y con un pañuelito blanco se enjugaban una lágrima que corría por sus mejillas. Una y otra vez. En casas diferentes me parecía ver a las mismas personas. Una tarde fuimos a saludar a los del Palmito. Olía igual de bien que aquella vez que, con mamá, fuimos a despedirnos y también había cestas y esparto en tiras y restos de palmones… Fernando Gómez, hermano de abuelita, me dijo que era el vivo retrato de mi madre cuando jóven. Cuando hablábamos, tanto yo como papá, sorprendía nuestro acento, algunos sonreían, otros se reían abiertamente “de tan argentinos que éramos”. Cuando fuimos a saludar a la familia de papá, durante horas me vi sumergida en el idioma catalán que algunos, con deferencia, me traducían; pero otros no y claro, no me enteraba mucho la verdad. Había oído a papá hablar catalán en muy pocas ocasiones con algunos conocidos o amigos en Argentina y me hacía gracia allí, como curiosidad. De repente en Barcelona, entre gritos de sorpresa:

-¡Maritere! ¡Què gran, que alta, que guapa! Com has crescut! Mare meva, l’últim cop que et vaig veure erets un tap de bassa i mira’t ara! Tota una dona…

Me aturdí bastante. Con eso y todo lo demás, que era mucho, empecé a tener el cerebro “gordo”, sensación que no me abandonó en meses.

Conocí a un tío segundo de mi edad, hijo menor del hermano menor de abuelito José María: Su nombre también era José María de Ros. Enseguida hicimos migas y pronto hubo visitas guiadas por él, que pertenecía a algo parecido a los Boys Scout, eran
nacionalistas catalanes en años en que todo eso estaba muy mal visto (recordemos que hablo de 1.960). Me llevó a través del barrio Gótico, la Catedral… La Iglesia de la Virgen del Pino. La Calle Fernando y sus farolas, todo en un mundo concreto que me parecía un perfecto decorado se alguna película. ¿Vivía gente corriente en aquellas casas? ¿Dónde estaba la trampa?

José María de Ros, mi nuevo amigo y pariente cercano, venía a recogerme a casa de Concha con pantalón corto de pana y una camisa color arena, y nos íbamos a descubrir callejuelas retorcidas, casas de piedra y portales majestuosos que tenían elegantes escaleras elaboradas, con barandillas, arcos y ojivas, entradas que daban a patios que parecían claustros, y muros insondables por los que asomaba, tímidamente, alguna palmera.José María se paraba de repente ante una tienda de ropa, o de bisutería y sonriendo, me decía:

  • Ven, Maritere, vamos a ver las murallas de Barcelona.

Y entrábamos a la tienda, y saludaba y contaba a la señora, o señor, que también sonreían:

  • Mi sobrina de América que ha venido a vernos, Juanita (O Pedro, o Cármen) y que le enseño tu pared. Maritere, por aquí, no tropieces.

Y me llevaba hacia dentro de la tienda, a la parte de atrás, donde había un almacén o un despacho o simplemente una habitación con cajas. Lo que me enseñaba José María eran las paredes: de piedra gorda, gordísima, rota en sitios, tapada en otros, aquí se veía una columna incrustada, allí un agujero que estaba relleno de ladrillos, inscripciones… pedazos de la muralla de Barcelona que había sido usada, quién sabe cuándo, quién sabe por quién, para apoyar casas, para servir de respaldo a construcciones y que solo era visible en aquellos puntos en que se había dejado al aire unos metros de piedras alineadas al hacer alguna reforma en el interior de las tiendas que visitábamos.

Mi mente era nítidamente americana hasta entonces. Con imágenes claras de calles rectas, pavimentadas y kilométricas con numeraciones de cuatro dígitos, edificios cuadrados y monumentos tan espectaculares como el Obelisco de Buenos Aires en el Paseo 9 De Julio, el más ancho del mundo (decían) en una ciudad con el río más ancho del mundo, con la carne mejor del mundo, con… con… me mareaba literalmente en ésta ciudad antigua y hermosa, con recovecos tortuosos y con alma de siglos. Ciudad de y con piedras, muchas piedras, algunas talladas con puntillitas en sus bordes góticos y mientras mi tío José María me contaba con su fuerte y profundo acento, sin parpadear siquiera, leyendas de las gárgolas de la catedral, anécdotas de algunas casas en que habían vivido éste o aquel personaje, mi espíritu se emborrachaba con un espectáculo nuevo para mí y que había empezado miles de años antes.

- Ya iremos otro día por el Ensanche y verás el Modernismo catalán. – Se despidió José María por el momento. Papá anunciaba un recorrido oficial a través de varias provincias.

En un coche alquilado, Renault Doufhine color manzana, empezamos por Andorra: aquello fue sorprendente Un país diminuto entre montañas nevadas, calles engalanadas con tiendas de moda y aparatos eléctricos, joyerías… Dormimos en un hotel y al día siguiente comparamos regalos para mamá y visitamos una estación de esquí que estaba preparando sus instalaciones para la próxima temporada: era septiembre y ya se olía el frío en las noches de montaña.

Después de Andorra, pasamos a España nuevamente yendo a Pamplona, donde nos quedamos varios días. Papá tenía que hacer algunas visitas por negocios y visitar a distintas personas. Fuimos al colegio de las RR. MM. Concepcionistas. Llevamos flores a la Virgen que estaba en la capilla donde, a toda prisa, Maritere había hecho la Comunión antes de embarcar hacia Argentina y seguimos viaje a San Sebastián, donde recordé la playa con toda claridad, y los paseos al atardecer por el Monte Igueldo. Las olas enormes seguían batiendo el espigón.

Luego, camino a Madrid, visitamos León y su catedral magnífica y tomamos unas cervezas con tapas en una calle en que había montones de bares en que toda la gente parecía hacer lo mismo a la misma hora: pedían vino o cerveza y los camareros traían también unos platitos diminutos con pan y morcilla, tortilla de patatas, jamón encima de un hojaldre y gambas con gabardina…curiosa costumbre, si señor.

Llegamos al pueblo dónde nací: Madrid y estuvimos varios días, una semana o así. Allí papá conocía a mucha gente que había vivido en el mismo piso más de quince años, trabajaba en el mismo lugar y tenían hijos que siempre habían ido al mismo colegio. De verdad, hay gente así. Por supuesto nos pasearon por los alrededores, visitamos Toledo, El Escorial, fuimos al teatro, al Museo del Prado, hubo fotos en la Puerta de Alcalá…y comimos callos y bocadillos de calamares en la Plaza Mayor. Cuando mis ojos ya no podían abarcar espectáculos nuevos, eso creía yo al menos, regresamos a Barcelona, pasando por Albacete donde me compré una preciosa navajita, visitamos Alicante, Valencia, Castellón y Tarragona, los paseos por cada una de las ciudades, sus plazas, museos, catedrales, playas y palmeras, barrios judíos, casas, palacios y mezquitas árabes, coliseo y murallas romanas… Los libros de historia que se estudian en los colegios no te dicen todo lo que hicieron la gente que andaba, hace siglos, dando vueltas por el mundo, pensé antes de caer rendida en la cama una noche. España, al parecer aprobó el examen pendiente y papá ya hablaba de cuando viniera la primavera siguiente con el resto de las mujeres de la familia: programas, viajes, excursiones. Bueno, su regreso a Buenos Aires estaba cercano, había pasado algo más de un mes y tenía que coger el barco que lo llevaría con mamá.

Mi invierno con Concha había comenzado.

 

 

 

 

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