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Pequeñas biografías: Mi tía Concha

September 12th, 2007

Concha era la primera hija hembra, de abuelita: por encima de ella estaba Pepe quien, por aquel derecho social heredado del siglo XIX y de obligado cumplimiento, ejerció como hombre de la familia al ser abuelita viuda. Inmediatamente después de Concha venía Justi, el enfermizo joven que terminó su vida en la Bañeza durante la Guerra Civil y por último mi mamá que era la pequeña, a la que todos mandaban. Se llevaban dos años, más o menos entre un hermano y otro: muy importante la jerarquía familiar que sin duda marcó los caracteres de cada uno de sus integrantes. Mamá obedeció siempre, hasta en su lecho de muerte. Concha sin embargo mantuvo una sorda lucha por la hegemonía y el poder, con escaso, más bien nulo resultado en toda su larga vida. Con Pepe, el mayor, no pudo lidiar siquiera: era hombre e hijo/hermano mayor, ergo: superior a ella. Y así los hombres que fueron pasando por su vida, con consentimiento o sin él, la machacaron al modo y uso de la época. De físico poco agraciado, muy delgada y sin gracia en el vestir, Concha tuvo el primer momento personal negativo en su adolescencia cuando tuvo que ponerse gafas. En los años veinte eran unos artefactos horrendos y como siempre, a los hombres les daban un aire de distinción e inteligencia pero a las mujeres: niñas, jóvenes o maduras damas, las envejecía y aquellos “culos de botella” tapando sus ojos les impedía acceder al mercado/concurso de vírgenes postulantes al matrimonio. En aquellos bailes de domingo en los que mamá conoció a papá con el que se casó y Pepe conoció a Amalia (hermana de papá) y sus esponsales fueron celebrados al poco, Concha iba y venía sin beneficio semejante. Sin gafas no veía nada y muchas sonrisas y tímidos saludos de mozos interesados, se le escaparon tan ricamente. Con gafas veía a la perfección como los mismos, u otros jóvenes distintos, escapaban a todo correr cuando ella entraba en escena.

No puedo concretar qué estudios llegó a cursar, pero igual que el resto de sus hermanos, siempre leyó mucho y una cultura quizá genética, la llevó a conseguir un trabajo del que siempre presumió mucho: Ser dependienta (bibliotecaria, decía ella) en la Librería Bastidas, en el Paseo de Gracia de Barcelona, en los años treinta, no lo era cualquiera. Su estima propia se elevó y se hizo respetar intelectualmente ya que las mujeres que trabajaban en aquellos años, o bien eran servicio doméstico, modistas o artistas: las profesionales, técnicas o políticas pertenecían a mundos distantes al de Concha y a esferas muy diferentes en las que algunas mujeres sentaban sus reales, pero también como singularidad. Ella, Concha, se sentía con derecho a revolotear sobre ésta última parcela laboral de forma, creo yo, totalmente ilusoria.

De una manera casual, a través de conocidos de otros familiares, fueron presentados Pedro Riera, soltero de clase obrera y Concha Alonso, mi tía. Y empezó un noviazgo, interrumpido por la Guerra Civil: Pedro Riera marchó al frente luchando con la República hasta el final de la contienda, regresando, como tantos otros, con el cuerpo enfermo y psicológicamente hundido, casi sumido en la desesperación producto de las experiencias vividas y padecimientos sin superar. Al poco de llegar a una Barcelona agotada por los años negros vividos y sin poder olvidar las trincheras, quiso romper la relación con su novia Concha que había estado los años de la guerra en el lado azul de Franco sobreviviendo gracias a su trabajo como falangista/funcionaria en el Servicio Nacional del Trigo. Un poco empujada por la abnegación femenina que impregnaba su alma, y otro mucho por la certeza de la dificultad inherente a encontrar otro novio, hizo que mi tía Concha intentara, con un éxito dudoso si analizamos el resultado final, a consolidar el amor
que los
unía llevando al altar a un excombatiente sin entusiasmo en la lucha por su vida, que se dejó coger prisionero vegetando a continuación en su personal cárcel vital. Ambos crearon o prosiguieron o heredaron o no se bien de dónde sacaron, un taller en el que se fabricaban cajas de cartón para toda clase de usos: familiares e industriales. En un mundo en el que el plástico no existía, el cartón era rey necesario y por lo tanto el taller funcionó y fue económicamente rentable permitiendo vivir sin lujos, pero con lo suficiente, en un mundo de posguerra al matrimonio en cuyo seno no fructificaba el bebé muy ansiado - al parecer y según las crónicas que me han llegado - por mi tía Concha para sentirse tan femeninamente activa, aunque en otro campo, como en los años de guerra en La Bañeza. No venía la criatura en cuestión y sin que nadie especificara los detalles, la intimidad entre los cónyuges Riera-Alonso fue mas bien truculenta, quizás no siempre, pero si en algún momento muy visible y por lo tanto comentado por toda la familia.

De repente, sin que nadie llegara a comentar cómo, por qué ni de qué manera, Concha aparece en la vida de la familia Ros en Pamplona, con un niño: Fernandito, de pocos meses y queda en nuestra casa con abuelita en aquella habitación intermedia del pasillo que dividía las dos zonas del piso. Se oían comentarios en exceso: el tío Pedro había desaparecido de golpe. Sin noticias de él, casi muerta de hambre y solo por el hijo que la obligaba, mi tía Concha pidió ayuda a alguien que pudo cerrar el círculo familiar y Concha viajó a Pamplona dejando pasar un tiempo en el que legalmente, al no responder a los reclamos establecidos por canales pertinentes, mi tío Pedro fue considerado muerto y al adquirir el título de viuda, tía Concha pudo asumir una vida moderadamente aceptada por la masa social, requisito indispensable para trabajar o simplemente respirar sin que los dardos envenenados acabaran con su triste existencia. Al emprender nuestra marcha hacia Argentina, ella encontró trabajo en un taller de confección de lencería para señoras en Tarrasa, acompañada por abuelita que se ocupaba de la intendencia de la casa y cuidado del niño que iba creciendo y por lo tanto exigiendo tareas más y más diferenciadas, Concha, sola por no tener hombre que la apadrinase, se integró en un estrato concreto de mujer “años cincuenta”: no demasiado bien visto, no aceptada del todo por todos y siempre protagonizando desaciertos vitales más o menos confusos, difusos y dignos de pertenecer a un retablo de desgracias anunciadas.

Al cabo de dos o tres años abuelita marchó, suspirando de alivio, rumbo a nuestra lejana compañía y llegó a playas de Argentina boqueando tristezas y agobios negros tanto económicos como afectivos (las crisis de ira y frustración Concha las descargaba en su hijo) que rodearon su tiempo pasado con la hija de sus pesares. No se cómo pudo Concha compaginar trabajo e hijo desde ese momento, creo que contactó con miembros de la familia Riera, la de su difunto, que en alguna ciudad o pueblo de la Cataluña profunda (no me han llegado nombres o direcciones) tuvo acogido y/o en régimen de medio pensionista, a mi primo Fernando Riera.

Durante años Concha estuvo en contacto muy cercano con todos nosotros, nos enviaba regularmente muchas cartas, revistas y diarios, algún libro y recuerdos variados, todo a través de un constante correo que llegó a constituir nuestra rutina española: “lo que venía de allí”, lo que nos permitía seguir perteneciendo a la lejana patria y consolidaba la excusa de mamá Rosario de que nunca se nos ocurriera nacionalizarnos en el país en el que vivíamos, crecíamos y nos relacionábamos a su pesar. Todo un poco esquizofrénico. ¿Verdad?

Pues bien, Concha, tiempo después de que abuelita la dejara (¿por imposible?) regresó a Barcelona y en un piso cerca de la Diagonal, planta baja y bastante grande, pudo, gracias a alguien que luego saltó a un cierto protagonismo luciferino, montar un taller de confección de lencería propio, con diez máquinas de coser (varias de ellas overlock), telas compradas al mayor y patronaje exclusivo, que funcionaba compartiendo techo con las habitaciones dedicadas a vivienda; invento que pudo haber sido pero que no fue ya que, siempre por historias que me han llegado por unos o por otros, mi apreciada tía Concha no era excesivamente trabajadora, y no supo, no pudo o no la dejaron administrar el dinero: compras y ventas, pagar a las empleadas que cosían, vivir y atender las mensualidades del colegio de Fernandito, el alquiler, comida, ropa y otras necesidades. El taller quedó en breve reducido a una modistilla que trabajaba de lunes a viernes en tareas múltiples, cosiendo y repartiendo, limpiando y atendiendo el teléfono a cambio del sueldo, el mal humor y los gritos de mi tía. Fue la testigo de excepción del día a día de Concha, su jefa, durante años: se llamaba Manolita y era gorda. A pesar de todo quería a mi tía y a Fernandito y los ayudó muchísimo más que lo que entraba en su contrato laboral. Malvivieron económicamente, solventando las deudas urgentes, siempre a último momento, durante un tiempo indefinid. Ignoro el tiempo que pasó aquel taller siendo económicamente estable, si lo fue alguna vez o, lo que es mas probable, la propia inauguración fue un desastre.

Así encontré a mi tía cuando, idealizando reencuentros histórico-familiares muy patrióticos, aterricé en su casa después de mi segunda travesía atlántica al lado de mi padre con el proyecto conjunto de establecer coordenadas para una futura visita turística-educativa de la familia Ros – Alonso y la entrañable abuelita bolita, como añadido. La realidad superó, con creces, la ficción jamás soñada y me vi sumergida en ella.

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