Un inciso en el Barrio
Como un colador de tallarines o un escurridor de lechuga. Igual que esos artefactos que sirven, en la cocina, para separar la materia sólida del agua que los cubre durante el lavado y/o cocimiento, me siento yo después de viajar en el tiempo y volver a experimentar, con el recuerdo, las desilusiones primeras, los deseos, las contradicciones y las decisiones impulsivas de esa edad indefinida -¿No lo son todas? – llamada adolescencia y que llevan al siguiente estadio larval. A medida que escribo se centra y se define un agujero nuevo en el colador. Se habían tapado de cenizas vitales y los voy desembozando uno a uno. Me siento más ligera, pero no se si más contenta. Imposible permanecer políticamente correcta eternamente. No puedo ser paternalista conmigo misma. No me gustan muchas de las cosas que veo al condensar mi vida por escrito y dar pistas a quien me lea, pero no debo disculparme. Yo era así, y porque era así, fui de aquella manera después y aquello me llevó a ser como soy hoy en día. Tengo que asumir mis errores. ¿Qué seguramente provienen de causas justificadas? Si, pero estoy hasta el gorro de oír a gente (la cárcel está llena de esas personas) que se justifica: que por culpa de sus padres, que una sociedad injusta les empujó a tal o cual delito, que sin oportunidades no se puede seguir delante de forma correcta…
Maritere nació en una sociedad mediterránea famosa por sus relaciones familiares profundas, de afectos y sentimientos exteriorizados hasta el exceso. Cambió de país y creció en un entorno latino y con la educación democrática - americana de finales de los cincuenta. Los entornos culturales fueron un revoltijo. Los puntos de referencia: sus padres, en su memoria, parecen unos señores ingleses eternamente tomando el te a las cinco y no una familia española.
Con su ejemplo me enseñaron a ocultar los sentimientos. Pertenecíamos a un sector humano que no se besaba ¿Por qué? Y que no se arrugaba ni se manchaba ni sudaba siquiera. El que una señorita cuestionara las directrices impartidas desde los estamentos superiores (padres, profesores, libros de texto) era inmediatamente motivo de expulsión. No ya del colegio. Me habría importado a mí cambiar ¡otra vez! de colegio… sino de los círculos normalizados. De forma nebulosa fui entrando en un fragmento femenino marginado y no reconocido: niña bien, de familia con posibles, tachada de revoltosa y de ser casi revolucionaria, pero sin ser conciente de ello. Yo solo quería saber, que me dijeran las respuestas, ya que nadie me besaba, que contestaran mis preguntas. Recuerdo la teoría de Darwin por la que casi me sacan de la oreja del internado. En otras ocasiones, con todo el derecho que me daba el querer aprender allí donde enseñaban, pretendí aclaraciones sexuales, o ginecológicas. ¿Por qué no se explicaba a las señoritas que serían señoras – madre cómo se hacían los niños, cómo nacían? ¿Por qué te decían que esto ni soñarlo, hasta que te cases? Y así fui conducida y confundida. Mi carácter curioso y algo aventurero me daba opciones personales no acertadas la mayoría de las veces. Pero la máquina laminadora funcionaba en aquella época con precisión germánica. No dejaba que ninguna mujer fuera del todo independiente. Parecía que lo podías ser y te convencían de que lo fueras. Pero entrabas a ser un engranaje y terminabas por no protestar al ver que eras la única –así lo creías – en no ser feliz con “lo normal de la vida”: una familia propia, un marido decente que no se emborrachaba ni te pegaba. Con hijos sanos que crecían felices – o así lo creías…
Fui transculturizada; mis raíces, si existieron, se borraron. No tuve un pueblo al que volver, pues al regresar a España fui más extranjera que cuando los documentos lo afirmaban en Argentina, allí mamá no dejó que me contaminase el pacer en campo ajeno. Sin un proyecto personal, individual, que me ilusionara estuve chapoteando en aguas turbulentas para no ahogarme. Pero quizás lo que no quiera reconocer es que si, que me ahogué. Que pude no ahogarme. Pero escapé demasiado rápido de lo que parecían y lo eran con seguridad, trampas innombrables. Evolucioné a destiempo. No pude ser ejemplo de alegre cambio. Por diferente camino, llegué al mismo puerto al que arribaron todas aquellas jovencitas americanas que bailaban rock con Elvis Presley, conducían, estudiaban y fumaban en la creencia que eso hacía las desigualdades entre los sexos, más iguales. Me casé en el extranjero. Regresé cuando España era una sociedad estancada y conservadora estigmatizada por cuarenta años de represión franquista. Silencio. El engranaje se oxidó y se rompió por desgaste de los materiales.
Pero… ¿A qué viene todo esto?
Ahora, en el siglo XXI todo es diferente. ¿Para qué sirve explicar mis momentos si se ha estudiado el tema hasta el hartazgo y se ha puesto remedio a tanto desatino?
Maritere seguirá por el camino de los recuerdos, buscando contestaciones, tratando de ver claro a través de los agujeros que van quedando limpios de pardas marañas acuosas.
Un besito: M.T.
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