El barrio de la adolescencia VI
SIN FAMILIA
A la vez que el verano y por lo tanto las vacaciones, tocaban fondo, el nuevo curso empezaba a pasearse por mi cabeza. Algo diferente crujía por dentro. El horizonte anunciaba un futuro adulto. ¿A qué me iba a dedicar? ¿Qué me gustaba hacer? ¿Qué estudios me apetecían? Desde luego los números no eran lo mío. Entre Perito Mercantil y Magisterio, que eran las opciones básicas hacia las que me tenía que dirigir, no cabía ninguna duda. Las maestras – pensaba – hablan con los niños, la Historia y la Geografía tenían más palabras que números, por lo tanto no había lugar para decisiones complicadas. Elegía Magisterio. Había que prepararse y consolidar lo aprendido. En casa, todos a una, sin hablar apenas del tema sabíamos, era del dominio público, que el último invierno, académicamente hablando, había sido medianejo para la que suscribe. Casi había logrado desprenderme de temas bien integrados con anterioridad. Al planear el siguiente año lectivo, las miradas entre mis padres y yo estuvieron de acuerdo. Mejor volver a las Teresianas de Buenos Aires. En un primer momento se me cruzó una pena doliente, gris y solitaria. El resto de la familia seguiría viviendo en Mar del Plata. Recordaba las galletas rotas, los atardeceres oscuros, las carreras en el internado hacia las duchas…pero en unos días un nuevo plan para el nuevo invierno se fue fraguando y una sonrisa traviesa iluminó el proyecto. De repente salio a relucir que la familia Plate vivía a escasos metros del colegio. Que Cristina seguiría, también, los estudios allí. Y sin saber exactamente ni cómo ni a quién se le ocurrió, una idea unió a las dos familias. Todos estuvieron de acuerdo en que era lógico que los fines de semana del próximo invierno en Buenos Aires, Maritere los pasase con los Plate. Papá firmaría las autorizaciones necesarias y hablaría con las monjas. Me invadió una sensación nueva. No iba a estar encerrada, no miraría con envidia, desde las ventanas de la clase, a los peatones que cruzaban rápidos hacia la parada del tranvía. Todo lo contrario. Igual que aquellas protagonistas de las novelas juveniles, sería dueña de mi destino y también podría decidir qué hacer los fines de semana. Estaba segura: lo más lógico era que continuara el mundo paralelo y mágico de los veranos pasados, aquellas conversaciones entre iguales que me hacían sentir acompañada y aceptada. ¿Quién necesita padres, hermana y abuela cuando se tienen más de quince años y amigos? Me veía, por fin, en el ambiente que me correspondía, a mi aire, dueña de mis decisiones. El principio de lo que iba a ser mi futuro como mujer. Una vida llena de experiencias vibrantes, algo atenuadas en los próximos meses por las responsabilidades del estudio. ¡Qué se le va a hacer! De todos modos sería un tiempo diferente del que me habría esperado al lado de los familiares que coartaban el ansia de abarcarlo todo. La familia, estaba claro, empequeñecía el universo. El tiempo venidero estaba rodeado de un arco iris fluorescente.
Y como los meses no paran en su transcurrir, pronto llegó marzo y nuevamente se preparó mi ingreso en el internado. Cargada de sábanas, toallas, enaguas, bragas y camisones (todo marcado con el número 20) mi maleta terminó por llenarse. Los uniformes se habían transformado en unos vestidos de tela a cuadritos marrones, sin mangas y con escote cuadrado, que se ponían encima de una camisa blanca con corbata y para el frío, un jersey de punto marrón y el chaquetón de franela también del mismo color con el bonito escudo de siempre en el bolsillo pequeño que estaba sobre el pecho, arriba a la izquierda. Papá me llevó en coche, un Ford verde oscuro del 39, a Buenos Aires otra vez. Mientras desfilaban los aburridos kilómetros en línea recta, repasaba una y otra vez lo que llevaba en la maleta:
¿Está todo? ¿Se me olvida algo? ¡Bueno! ¡Pero si no importa! Si necesito algo ya se lo pediré a Cristina o a sus padres…
La nueva Maritere empezó a funcionar. El curso se inició y nos fueron llevando hacia el redil de la formación adecuada para señoritas-futuras señoras-madres de familia al uso en la década de los 50 que finalizaba ya. Todo lo que supiéramos sería importante para poder transmitirlo a nuestros hijos incluso a los alumnos si pretendíamos trabajar de maestras. En todo caso, si nuestro deseo era continuar en la Universidad, los próximos años serían la clave para ingresar en ella con expectativas de éxito. Discurso reiterativo, abrumador, denso, chato, gris y aburrido que todas las profesoras, absolutamente todas: monjas y no monjas, nos endosaron en los primeros minutos de contacto. Discurso que era contradictorio a veces – los hombres eran una especie diabólica que debíamos rechazar por norma, hasta que decidiéramos casarnos y tener hijos – y que pretendía prepararnos para el futuro. Nos enseñaban a someternos y a respetar el orden y al hombre – padre, marido, jefe – a la vez que se nos explicaba por activa y por pasiva que la felicidad máxima nos sería concedida al cuidar a alguien - padres, marido, hijos – que rezáramos mucho y al final lo comprenderíamos así. De vez en cuando se hablaba de la gramática magnífica que permitía plasmar la imaginación en papel mediante letras formando palabras y del álgebra: logaritmos confusos y teoremas que explicaban profundos enigmas. La historia antigua nos convencía que siempre, más o menos, había sido todo igual. Minaban nuestra resistencia a permanecer inmutables. Yo me fruncía en clase, ensimismada, esperando el gran día, el próximo sábado, que iría a una casa que no era mía, con una familia que tampoco era la mía, con padres, hermanos y hasta tíos que no eran de mi sangre. Emocionante. Hasta que la potente voz de la profesora me sacaba de mis ensueños:
-A ver señorita Ros, que está tan pensativa, explique a sus compañeras qué demuestra el teorema del que estamos hablando en la última hora.
Levantándome de la mesa/pupitre trataba de murmurar algo intentando recordar mientras escuchaba unos murmullos a mi espalda que me “soplaban” detalles. El frío daba paso a los sudores y…por fin sonaba el timbre anunciando el fin del mal trago y la mirada reprobadora de la profesora me hacía prometer para mis adentros:
- Esto si que tengo que contarlo a mis hijos. Qué son brutas inhumanas, todas, que no saben la mujer activa, elocuente y multisocial que voy a ser a partir del próximo sábado.
Y como todo llega en éste mundo, empezaron los fines de semana en casa de los Plate.
Desde aquella tarde del verano en que Guillermo me había besado – primer beso y con campanitas de fondo – no habíamos tenido otro apartado íntimo. El me miraba de lejos, pero no se acercaba, otros chicos si lo hacían y él nunca propició nada especial otra vez. Un poco frustrada y algo despechada -¡Qué se creía¡ ¿que iba a estar sentada esperando que se decidiera? – Traté de que se notara, perfectamente, que no me importaba nada de nada. Pulularon a mí alrededor, durante todas las vacaciones, dos mozalbetes en concreto: El Pollo Valladares y Alberto, primo de Cristina. Este último me gustaba por ser algo diferente, provocaba continuamente, y aunque estudiaba Ingeniería parecía más un chico de barrio brutote y mal educado que bailaba muy bien y contaba cosas divertidísimas. Pero tampoco cuajó nuestra amistad en algo más romántico. Yo quería romanticismo. En todas las novelas la chica protagonista amaba y la amaban locamente, viviendo multitud de experiencias que la transportaban a sentimientos profundos, eternos, con un toque de dramatismo que terminaba en felicidad resplandeciente. Eso, justamente eso, era lo que yo quería encontrar en el invierno en que se iniciaba un ciclo sin hermana censurante ni madre apocalíptica o abuela anticuada que controlaran mis andanzas. Iría al encuentro del amor y de la felicidad de la mano de un joven aventurero, atrevido pero de bondad innata. Como en las películas, vamos.
El sábado siguiente, después del mediodía, pasó Cristina por el colegio y, juntas, fuimos a su piso. La familia en pleno estaba en los postres. Cinco hermanos y sus padres. Cada uno enfadado con alguien, peleando por algo. La madre, nerviosa y malhumorada recogiendo los platos, fuentes y vasos usados en la mesa advirtiendo, muy en serio, especialmente a las chicas, que eso se iba a terminar, que en un futuro próximo serían ellas las encargadas. El padre, sin atisbo de protocolo diplomático alguno, me saludó sonriente:
-¿Qué tal, Marité? ¿Así que te unís a nuestra tribu? Vení, vení acá y contame cómo te va en el colegio, Cristina no habla de sus estudios…
-Son diferentes – contesté yo – éste año es todo muy diferente.
Cristina me lanzó una mirada seria, de advertencia. Guillermo desde el otro lado de la mesa, mordisqueaba una manzana y parecía muy divertido. Quico se levantó para hablar por teléfono con alguien, según dijo por la noche se iba a alguna parte. Marta discutía con Didi sobre un vestido que a la mayor se le había manchado por culpa de la pequeña…me pareció un desorden total, un desbarajuste que no conducía a ninguna parte. Tocaron el timbre de la puerta, y llegaron dos o tres amigos y conocidos y pasamos a un living-room barroco, repleto de fotos, cuadros, mesitas y estanterías con cositas de cristal o porcelana que hacían el ambiente claustrofóbico, muy diferente al de la casa de Mar del Plata. Una neblina embotaba mi cerebro: Era una extrajera en aquel mundo, no conocía el idioma ni las claves de comunicación. Fueron pasando las horas y el alma se me agrietó. No pertenecía a la casa que me acogía. Estaba de visita y eso es fugaz, no obtenía cobijo ni abrigo. Cuando el corazón se me puso gris y a mi espíritu se le acabó el oxígeno, cuando ya solo faltaba que alguien entrara con grandes cantidades de galletas rotas, decidí que era mejor poner punto final y aceptar salidas futuras esporádicas, al cine tal vez. O a alguna fiesta, si se organizaban con tiempo. Nadie protestó, ni hubo extrañeza de mi regreso al internado. Era una casa muy democrática, cada cual hacía lo que le daba la real gana. Tampoco en la mía había besos y abrazos, pero recordé con nostalgia que allí se preocupaban, de alguna manera, por mí.
¡Que pena tener a mamá tan lejos!
Todo el resto del invierno pasó sin pena ni gloria. Cristina dejó de ir a clase a las pocas semanas, estudiaba inglés y había conocido a un señor (él tenía veintiocho años y ella diecisiete, me pareció un señor mayor y se llamaba Héctor). Hubo algunas fiestas vespertinas en los meses siguientes, a las que asistí vestida adecuadamente y con sandalias de tacón.
El frío de la estación y la poca claridad de aquellos días cada vez más cortos en los que el sol no llegaba a alumbrar apenas, hizo anidar en mi interior la tristeza y sin saber cómo, obtuve una sabiduría extraña que me consolaba diciendo que era independiente, que estaba aprendiendo a valerme por mi misma, sola. Sin familia.
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