El reino de la infancia 2-4
CASAS Y MUDANZAS
Volvimos a Buenos Aires. Empezamos el invierno en el mismo piso pequeño en el que vivíamos desde nuestra llegada al país.
Un fin de semana me enteré, de repente, que nos habíamos trasladado a una casa con jardín selvático en las afueras de un barrio residencial llamado Tortuguitas, al norte de la capital. El piso pequeño estaba olvidado definitivamente.
A nuestro nuevo hogar se iba por una carretera que, bordeando el Río de la Plata, y alejándose del centro, cruzaba Tortuguitas, con chalets tipo inglés y poco antes de que se terminara el camino y después de más de media hora de ir en coche, se llegaba al barrio dónde estaba la casa, un poco en el fin del mundo civilizado.
No había electricidad “normal” sino un motor que la producía dentro de un cuartito. El agua salía de un pozo ayudada por una bomba aspirante. Árboles altos y frondosos rodeaban el jardín, llamado así por que se cortaba la hierba que crecía “hasta aquí” y hasta ese borde era el jardín, luego empezaba la jungla con más árboles, el terreno salpicado de lomas con pequeños valles y más allá la finca definitivamente quedaba llana y verde con lo que había sido huerto al final, antes de llegar a una alambrada que separaba nuestros dominios de los del vecino, que tenía vacas y las ordeñaba según constaté en varias ocasiones, cuando jugaba conmigo misma a que me perdía en el bosque.
Algunas veces, de noche, entraban caballos que paseaban tranquilamente comiendo el pasto que sobraba en los finales del “jardín”. Las primeras veces nos asustamos, hasta que el ruido de cascos pisando la terraza nos hacía compañía. Había escuerzos: un sapo horrible, con aristas y picos en su piel que exhalaba un veneno que si se tocaba producía algo más que escozores. Arañas, ratones y moscas de todo tipo amenizaban la vida doméstica.
Mamá estaba bien allí, y cuando más adelante llegó abuelita, las dos pasaban en el jardín al sol o en la terraza cubierta, muchas horas hablando, cosiendo y haciendo punto.
El interior era muy sencillo, mezcla de casa de campo argentina, “estancia” sin pretensiones, muebles escasos, sillones de madera con cojines gordos, y los dormitorios con camas y colchones sin mucho adorno, En todas las habitaciones había armarios empotrados, grandes y en los que cabía ropa, libros y maletas. Por todas las habitaciones se podía salir a la terraza delantera donde estaba la puerta de entrada, o directamente al jardín.
La diferencia de edad entre mi hermana y yo en esos momentos se hizo evidente: Rosarito, la mayor, terminaba Primaria y a mi me quedaban cuatro años.
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