El reino de la infancia 2-5

CASAS Y MUDANZAS

Empezó el invierno de 1.953 en que yo iba a 3º de primaria y Rosarito a 2º de secundaria. Después de éste curso ella pasaría a la última parte de la enseñanza secundaria consistente en tres años que podían ser o Magisterio o Perito Mercantil. Algo como ciencias o letras, uno podía quedarse ahí o pasar a la Universidad en alguna carrera coincidente o no pero aquellos tres años marcaban, sin ninguna duda, una pauta.

En ese tramo eran ya señoritas en toda línea y el clan de las pequeñas las veíamos como habitantes de un mundo maravilloso y lejano que ansiábamos poder conocer. Nosotras íbamos con delantal a toda hora y calcetines, las mayores usaban medias largas que eran nuestra admiración y meta y ¡jamás se ponían delantal!

Creo que el curso fue similar al anterior, y el siguiente verano en Mar del Plata parecía rutina pero no se por qué se decidió que nos quedaríamos el invierno de 1.954 en Mar del Plata. Cambio de colegio, otras monjas, otro uniforme. Iba por 4º de primaria, fue divertido estar todos los días en casa, el tiempo seguía pasando alegremente y volvieron las vacaciones .

Vivíamos entonces en un piso del que guardo un memorable recuerdo. Había un balcón que era mi baluarte secreto, espacio de juegos propio y personal.

Rosarito y mamá siempre estaban juntas y “en otras cosas”.

Yo trajinaba con cacerolas pequeñas haciendo comiditas para muñecas varias, pequeñas, grandes, algunas rotas que tenía amontonadas y lo hacía con prisa: venía del internado donde no jugaba, no había juguetes allí y me quería resarcir del tiempo perdido aprovechando minuto a minuto.

En un rincón los tebeos de Superman se mezclaban con novelas de Corín Tellado que estaban protagonizadas, siempre, por increíbles muchachos altos, de mirada acerada y voz ronca y chicas jóvenes muy femeninas, alegres y cultas, que sabían conducir coches rojos descapotables.

A lo largo del argumento ambos emprendían aventuras conjuntas con finales algo confusos para mí, pero que me hacían entrever que había “algo más”… que yo ignoraba por completo.

Aquel verano, de repente una tarde, después de la playa, después de merendar, fui corriendo a mi sitio de siempre para jugar de aquella manera compulsivamente elaborada. No sabía por qué, pero tenía que jugar, era muy divertido, era lo más divertido.

Desde el balcón se veían unos árboles cercanos, verdes y frondosos. Casi los hubiera podido tocar si me hubiera acercado al borde de la barandilla. Me dediqué a contemplarlos: tenían hojas grandes con curvas y picos que se mecían con el viento que formaba remolinos entre las ramas. Fui quedándome quieta, inmóvil, un rato largo sintiendo el atardecer, la luz difusa, mi piel enrojecida de sol y fresca por la ducha. Como si de un profundo sueño despertaran mis ojos, lentamente, vieron lo que me rodeaba: Cacerolitas. Muñecas y tebeos.

¡No era divertido jugar!

¡No quería jugar nunca más con lo que había en el balcón!

No me gustaba nada todo aquello que llenaba el suelo y la silla de la esquina.

Pero no sabía qué me podría gustar en el futuro, qué haría para divertirme el resto de mi vida.

Me envolvió la oscuridad y la tristeza. Yo ya no era yo y no lo podía entender.

Al siguiente invierno, curso de 1.955, regresamos a Buenos Aires. Rosarito ya no era interna: por su horario de clases iba y venía con papá. Mi curso era ya el 5º.

Vivíamos en un sitio alejado, en una casa en medio de la Pampa (o así me lo parecía a mí) que ignoro cómo surgió ni cuando nos mudamos.

A nuestro nuevo hogar se iba por una carretera que, bordeando el Río de la Plata y alejándose del centro, cruzaba Tortuguitas, barrio elegante con chalets tipo inglés. Poco antes de que se terminara el camino y después de más de media hora de ir en coche, se llegaba a la zona dónde estaba la casa, un poco en el fin del mundo civilizado.

No había electricidad “normal” sino un motor que la producía dentro de un cuartito. El agua salía de un pozo ayudada por una bomba aspirante. Árboles altos y frondosos rodeaban el jardín, llamado así por que se cortaba la hierba que crecía “hasta aquí” y hasta ese borde era el jardín, luego empezaba la jungla con más árboles, el terreno salpicado de lomas con pequeños valles verdes y un poco más allá la finca definitivamente quedaba lisa y llana con lo que había sido un huerto al final, antes de llegar a una alambrada que separaba nuestros dominios de los del vecino, que tenía vacas y las ordeñaba según constaté en varias ocasiones, cuando jugaba conmigo misma a que me perdía en el bosque.

Algunas veces, de noche, entraban caballos que paseaban tranquilamente comiendo el abundante pasto que sobraba en los finales del “jardín”. Las primeras veces al oírlos nos asustábamos, hasta que el ruido de cascos pisando la terraza se convirtió en familiar. Había escuerzos: un sapo horrible, con aristas y picos en su piel que exhalaba un veneno que si se tocaba producía algo más que escozores. Googol, nuestro dóberman, se las tenía jurada, pero salía perdiendo: al morderlos empezaba a babear y escupir, estornudar y refregarse. Los sapos, inmutables, seguían su camino dando saltos.

Arañas, ratones y moscas de todo tipo amenizaban nuestra vida doméstica y campestre.

Mamá estaba bien allí, y cuando más adelante llegó abuelita, las dos pasaban en el jardín al sol o en la terraza cubierta, muchas horas hablando, cosiendo y haciendo punto.

El interior era muy sencillo, mezcla de casa de campo argentina, “estancia” sin pretensiones, muebles escasos, sillones de madera con cojines gordos, y los dormitorios con camas y colchones sin mucho adorno, En todas las habitaciones había armarios empotrados, grandes y en los que cabía ropa, libros y maletas. Por todas las habitaciones se podía salir a la terraza delantera donde estaba la puerta de entrada, o directamente al jardín.

Aquel año empezó otra etapa para mí: el primer curso, en las teresianas bonaerenses, en el que solo veía a Rosarito un rato por las mañanas, en el recreo.

Luego sola, rodeada de otras internas, pero sola. Por las noches con las galletas rotas de postre. A la cama sin nadie de la familia cerca. Por las mañanas peinándome como podía… Esto último se arregló pronto: me cortaron el pelo en melenita y ya solo era pasar el peine. Me sentía “mayor”.

En ese primer invierno de internado solitario mamá, a veces, me venía a ver alguna tarde entre semana y nos íbamos a merendar a una cafetería muy de estilo inglés que estaba cerca del colegio: tenía las paredes revestidas de madera con espejos y arañas de cristal colgando del techo. El camarero nos traía sanwuichitos de miga y “masitas” que así llamaban a pasteles pequeños y variados que traía el camarero en una bandeja muy bonita de dos pisos sin que hubiera que pedir nada más que un vaso de leche y un café. Cobraban solo lo que se comía.

Una de aquellas tardes, mamá me hizo fijar en la chaqueta de rayas de un señor que estaba en otra mesa. Al preguntarle yo, confusa, de qué rayas hablaba, ella comprobó que su hija pequeña necesitaba gafas. Y al poco tiempo ya tenía puestas unas, que me han acompañado, en distintas versiones, hasta el día de la fecha.

A todo se acostumbra una y las salidas de fin de semana compensaban los larguísimos días entre medio. Siempre resultaban una fiesta con el perro, los sapos, los caballos fantasma, las vacas del vecino y la inauguración de los asados criollos, que empezaron a protagonizar algunos domingos, con vecinos, conocidos de papá, socios, clientes o algo así.

Uno en particular resultó magnífico. Vinieron unos gauchos, (que se dedicaban a ello seguramente), que eran los cocineros: Vestidos con su traje típico, pantalón bombacho, camisa blanca y pequeño chalequito negro. El cinturón ancho y guarnecido con monedas auténticas del que pendía un afilado facón de plata con su correspondiente funda y botas negras arrugadas como un acordeón. Todos llevaban un sombrero negro de ala blanda, que les protegía del sol y les daba un aire aventurero. Mientras esperaban que las brasas estuvieran a punto, el mate pasaba haciendo ronda entre ellos.

Muy buena la carne. Eran costillares enteros de vaca que rodeaban el fuego clavados en el suelo atravesados por enormes espetones y, además, una parrillada completa de chinchulines finos y tripa gorda, morcillas y chorizos bañados con chimichurri que se metían dentro de un pan recién hecho, todo acompañado por una completísima ensalada y queso fresco con dulce de leche de postre. Se hacía de noche y aún salían chispas de las cenizas. El perro también tenía fiesta aquel día.

Solo fue un año, lo he comprobado meticulosamente, pero 1.955 fue intenso en acontecimientos: me consta que llegó abuelita muy contenta de estar otra vez con nosotras, contando historias divertidas del viaje y tristes del tiempo pasado con Concha y Fernandito en Tarrasa.

Se fraguaba un desastre político con Perón de protagonista y sus descamisados.

Por mi parte, en el colegio, con mis compañeras internas, me iba enterando de dónde y cómo venían los bebés, lo fantástico que era ser una señorita y de que por lo visto para serlo era importante usar medias largas en vez de calcetines. Como las medias largas se empezaban a usar en secundaria, un par o tres de compañeras empezaron a fraguar un plan para conseguir los objetivos citados: Estábamos terminando 5º grado, nos faltaba 6º y luego venía secundaria. Como en secundaria pasaban cosas estupendas había que olvidar 6º grado. En el verano estudiaríamos y aprobando un exámen, pasaríamos derechitas a 1º, con las mayores.

Y así fue.

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1 Comentario

  • At 2008.05.14 22:53, silvia said:

    esto explica el porque las colegialas usan tanto medias de lycra

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