Un inciso en el reino…
Empecé a escribir mis recuerdos empujada por mi hijito pequeño. Que no conoce los orígenes de la familia, dice, que al ser el último, nadie le ha contado nada. Quiere saber quién es, de donde viene y poder pensar adónde va con “calma y seguro de si mismo”.
Un poco de razón tiene. Convivió quince años con mis padres pero los conoció ya viejos y vio morir a los dos. Para el nieto fue toda su vida, para los abuelos el último tramo.
Muchas horas compartió con ellos, hablaban mucho y creo que entre los tres hubo una relación mucho más fuerte que la tradicional entre nietos y abuelos.
Como yo trabajaba en Barcelona y todos vivíamos en Reus, mientras RENFE me trasladaba y las presas del C.P Dones me daban dolor de cabeza, ellos tres tenían la rutina de un hogar, chocante y extraño, pero que funcionaba y era asombro de muchos: estoy segura de que fueron felices.
Cuando Marc tenía cinco meses y a causa de un virus, mi padre quedó parapléjico teniendo que adaptarse, por lo tanto, a una silla de ruedas.
Había cumplido sesenta y cinco años, murió a los ochenta.
Su vitalidad, carácter positivo y emprendedor fue cayendo paulatinamente, no sin dar a Marc las primeras lecciones de cómo ser un cacharrero invicto. A los tres años Marc dominaba los juegos de un prehistórico ordenador. A los ocho ya era la mano derecha (literalmente) del abuelo cambiando los grifos del cuarto de baño bajo su dirección técnica; también arreglaba enchufes y pasaba los cables del televisor o de algún altavoz de una a pared a otra.
Aunque algo quedara chapucero, era para nota considerando que lo hacía a una edad que a otros niños se les prohíbe terminantemente tocar las herramientas y más aún algo eléctrico. Pero él conseguía que, de una u otra manera, todo funcionase.
El abuelo, poco a poco, se convirtió en un viejo enfermo a quien le mantenía vivo la ilusión de ver crecer al más pequeño de sus nietos que dormía al final del pasillo, se lo decía a todos los que comentaban “lo bien que se encontraba el Sr. Ros”.
Mi madre sobrevolaba, atendiendo a los dos, comida, ropa, “lo que hacen las mujeres”, lo que ella siempre creyó obligación, lo hacía con gusto.
Aquella época fue dura, muy dura, para mí. Y desde luego reconozco que no contaba batallitas. Por eso me ha tocado la fibra más íntima que me lo tuviera que hacer ver el damnificado en cuestión y me he puesto a deshacer el entuerto asegurando que solo contaría la verdad, nada más que la verdad, pero toda la verdad.
Los primeros recuerdos han salido de golpe, como cuando se pone la cazuela con agua al fuego y empieza a hervir. Y se ha empezado a formar en mi mente una vida paralela:
Trabajo. Paseo a la perra, hago la compra, la comida. Me ducho y peino. Conduzco, voy al supermercado y me voy a dormir.
Durante todas esas actividades una parte de mi cerebro está en el presente, pero hay otra que está siempre ocupada en juntar pedacitos de pasado, agrupándolos por años, por ciudades, por países, por casas, por novios, por hijos…
Finalmente he sentido la necesidad de documentarme.
Tengo montones de álbumes de fotos y cajas de diapositivas que han llegado hasta aquí de milagro. Desapercibidas en muchas mudanzas han sido trasladadas en barco, en tren y en camión. No se calcular los kilómetros que habrán recorrido. Y solo guardo la herencia de una parte. Mi madre repartió el legado antes de morir. Así que hay las que hay y eso es lo que hay.
Hoy he pasado todo el día mirando fotos de hace diez, cuarenta, cincuenta y… ¿Más de cien años? Tal vez.
¡Están los abuelos de mi padre que nació en 1.915!
He vuelto a vivir el gran viaje por Europa. He visto Madrid en los 60, la Cibeles sin coches. La furgoneta WW, tienda de campaña/caravana, en un Camping de Suiza, de La Coruña, de Córdoba, de Tossa de Mar; en Holanda, Portugal o Inglaterra. Cerveza en Alemania, asados criollos en Chascomús. El Río de la Plata y el lago Di Como. Todo junto. Bodas, bautizos y cumpleaños. Personas que fueron niños, niños que eran míos, otros que no conocía. Mi padre joven, abuelita con todas las edades. Estaba yo, vistiendo bañador en Sitges o traje de gitana en Sevilla, con vaqueros en París y de fiesta en Buenos Aires. En moto, en coche y en barco.
He visto una infancia que no recuerdo y he recordado cosas que no aparecen en las fotos.
Debo sedimentar y seguir un orden para seguir escribiendo.
Nos marchamos a América, donde el verano es invierno y me tienen que cuadrar las fechas. Tengo prisa por saber qué ha sido de mí. Qué he hecho durante todo este tiempo.
Aquella niña de Pamplona me ha robado el alma. La voy a seguir buscando.
Un besito:
M.T.
Salou Mayo 2007
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