El reino de la infancia II
HABITACIONES Y PERSONAS
Al lado de nuestro dormitorio estaba el comedor y el tresillo separados entre si por puertas corredizas de cristal. Tresillo viene de tres, y un sofá y dos sillones de terciopelo granate lo componían.
El comedor era importante. Lo mejor de todo: La gran mesa sobre una alfombra preciosa que tenía un medallón azul y pequeñas florecitas lilas, verdes y amarillas, centro de juegos de mi primo Pepito y yo que éramos ¡Primos hermanos de verdad! Lo decíamos siempre: su madre era la hermana de mi padre y su padre hermano de mi madre. Terminábamos aclarando que, por lo tanto, teníamos los apellidos al revés, él Alonso Ros y yo Ros Alonso, y nos moríamos de risa.
Debajo de aquella mesa jugábamos a que éramos mayores y trabajábamos de médicos, operando a la alfombra.
Mi primo fue, y sigue siendo médico, aunque ignoro si recuerda los veranos en Pamplona.
Recorriendo el pasillo, a la mitad había una habitación que fue ocupada durante una temporada por una criada que se volvió loca una noche. Recuerdo que era gallega y explicaba a voces que era la Virgen María y que podía traspasar la puerta y que no necesitaba ascensor. Esto se lo decía a dos señores vestidos de blanco que aparecieron en la oscuridad, acompañados por papá que nos dijo, para no asustarnos, que la pobre chica echaba de menos a su novio.
Y nos lo creímos, todo lo que decía papá era cierto. ¡A ver!
Mas tarde vino mi abuelita y allí vivió, compartiendo habitación una temporada con mi tía Concha y su recién nacido hijo Fernandito. No entendí en aquellos momentos el drama que vivía en la época una Señora sin Señor pero con hijo.
Al lado de ésta habitación un pequeño rellano daba a la puerta de servicio, al montacargas y la escalera “fea”; un sitio oscuro al que pocas veces fui.
El dormitorio de mis padres estaba un poco más allá. ¡Qué bien olía! Olía a mamá. Y aunque pocas, las veces que me acurrucaba en su cama, en su olor, restregándome contra su piel, supongo que conseguía apaciguar el dolor de no ser un bebé.
Tenían dos camas, siempre lo recordaré con asombro, pues nunca más, cosa curiosa, se repitió el hecho hasta casi el final de sus días.
Luego estaba el gran cuarto de baño, aquella bañera con patas (¿había ducha?) y un lavabo en cuyo espejo no pude verme jamás. Apenas asomaba encima de una silla en las interminables horas en que mamá se empeñaba en domar mi pelo, tieso y rubio, en tirabuzones como los de mi hermana, que era morena y su pelo oscuro y ondulado de forma natural caía en cascadas armoniosas. A mi solo me duraban un respiro a pesar de los esfuerzos familiares: me ponían “torcidos”, unos cordones gordos rellenos de alambre enrollados al pelo mojado, luego al sol un rato, para que se secara el asunto.
Una vez me hicieron la permanente en una peluquería, heredera directa de los sótanos de la Inquisición.
Más razonables eran las trenzas elaboradas, cruzadas a veces encima de la cabeza y atadas con unas pequeñas florecitas. ¡Aquello si que consolidaba mi estilo de austriaca!
Estaba cercana la segunda guerra mundial y muchos niños “arios” habían sido acogidos en hogares navarros, y ahí estaba yo, delgaducha, rubia de ojos azules y con trenzas.
Las señoras en la calle siempre me cogían de la barbilla y murmuraban:
-”¿Es adoptada verdad? pobrecita”…
Qué rabia me daba, ni era austriaca ni era pobrecita, solo faltaría.
Lo de adoptada lo dudé mucho tiempo, (no conseguía pruebas suficientes de no serlo), hasta que un día acepté definitivamente a mis padres al ver un dedo del pie derecho de mamá que era igualito al mío.
COCINA Y COMEDOR INFANTIL
Al otro extremo de la casa estaba la cocina y el comedor-estar de diario que daba a una terraza o balcón por el que se veían tejados rojinegros y la “casa de la bruja” al fondo, lejísimos.
Parecía una casa abandonada y semiderruida que permitía hilvanar toda suerte de fantasías sin que nadie se opusiera. En invierno, sobre todo cuando las nubes oscuras sobrevolaban su terreno yo estaba segura de ver a la bruja, su gato negro y no solo su escoba de diario sino las de repuesto que tenía guardadas. Mi abuelita decía siempre que tenía demasiada imaginación.
Al lado de la cocina estaba la leñera. Hay que pensar en qué diferente era andar entre perolas entonces: El fuego, se alimentaba con pedacitos de madera cortados a la medida que los subían periódicamente por el montacargas, en unos capazos llenos que se vaciaban en aquel cuartucho negro y polvoriento.
Teníamos una cocinera que estaba unas horas al día. Matrona gorda y activa, la veo ordenando y gesticulando en aquel mundo tan dispar de la zona anterior que era silenciosa y envolvente, limpia y elegante.
Llegaba por la mañana cargada con la compra del día, verduras y paquetes asomaban de unas cestas que la hacían tambalear. Iba guardando todo ordenadamente en un cuarto - gemelo en encanto al de los tebeos – llamado “la fresquera”.
No había nevera, claro, pero la temperatura de Pamplona permitía conservar los alimentos si se sabía cómo. En aquel cuarto, que tenía una ventanita encantadora cerca del techo protegida por mosquitera de alambre, se almacenaba queso, embutidos, leche, huevos y alguna que otra cosa más. El estante mas bajo llegaba a mi nariz, por lo que mas que saber lo que había, yo, una vez mas, imaginaba.
La cocinera gritaba al hombre que descargaba los capazos de leña, a Julio el portero que a veces estaba por ahí, a mi Abuelita si quería ayudar, y desde luego a los cuatro niños: Mis dos primos mi hermana y yo que estábamos guarecidos allí de los mayores que nos impedían movernos o ensuciarnos a la vez que esperábamos cayera alguna golosina de las que aquella buena mujer parecía fuente inagotable.
Los niños, dirigidos por abuelita, usábamos el comedor de diario menos los domingos y en Navidad.
Nos ponían muchas veces patatas y a mi las patatas no me gustaban. El plato enorme estaba lleno de toneladas de patatas que disuadían mi instinto de supervivencia: No me apetecía comer y dejaba que pasara el tiempo y las patatas se enfriaban. Quería que viniera mamá. Y venía. Arreglada siempre, maquillada, con un peinado de moño alto y tacones. Mamá llevaba zapatos de tacón en casa y los labios siempre los tenía pintados de rojo.
Era la señora más guapa de todas las del mundo.
Pero quería que comiera y que no me levantara hasta que lo terminara todo, cosa completamente imposible.
Me dejaban sola, los niños iban a jugar y los mayores tomaban café en el tresillo. Y cuando ya no sabía cómo contactar con el gato de la bruja, sin poder encontrar postura para estar en la silla y cansada de mirar unas patatas resecas y acartonadas, aparecía abuelita con una tortilla francesa, calentita, que cortaba en minúsculos pedazos y pinchándolos en un tenedor decía:
-
Anda, anda, cómete esto. Traga, bebe la leche y corre, corre, vete a jugar.
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