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El reino de la infancia I

Antes de empezar a escribir he preguntado a mucha gente qué edad tenía en su primer recuerdo. La mayoría tres, cuatro años. Algunos creen recordar algo desde antes incluso.

Seguro que hay un motivo para que yo no recuerde nada con anterioridad, pero quiero señalar que mi infancia comienza en Pamplona cuando tenía seis años.

La autora.

PRIMERA PARTE

1. Verano

 

CUMPLEAÑOS

Pamplona en 1949 era verde en verano.

En la Plaza del Castillo comíamos pan con chocolate mientras jugábamos a la comba y los domingos, después de que papá trajera aquellas pastas redondas y almendradas ¡Tan buenas! Íbamos toda la familia, mayores y pequeños, al paseo de Sarásate.

 

Tenía la ciudad un detalle que me hacía rotundamente feliz: Al enterarse el Alcalde de que mi cumpleaños era el seis de julio, cada año hacía una fiesta absolutamente estupenda. Algo exagerada desde luego pues con las casetas de churros, las ristras de ajos para hacerse un collar y los fuegos artificiales me habría conformado, pero se empeñaba en que los chicos jóvenes corrieran delante de los toros.

A la fiesta de mi cumpleaños la llamaban San Fermín, duraba casi una semana y mi abuelo José María me explicaba detalles asombrosos de la música, de las niñas que bailaban con lo que parecía ser una rama redonda llena de flores. A veces esa niñas, cosa muy rara, enredaban unas cintas alrededor de un palo.

Mi abuelo aprovechaba siempre el atardecer cuando volvíamos a casa, mis primos, mi hermana y yo, para separarme del grupo un momento y señalándome el sol rojo que se ocultaba, asegurar una y otra vez, que si me fijaba bien vería el último rayo que era verde. No vi nunca un rayo de sol verde. Pero contemplé, curiosa, muchos atardeceres veraniegos y mi alma captó su belleza.

 

Uno de esos cumpleaños/San Fermín vino mi abuelo de visita con su mujer, mi abuela Teresa. Vivían en Barcelona y por lo visto el viaje en tren en aquellos años era una cosa muy normal.

Aquel cumpleaños me regaló una caja de música.

Era redonda y dorada. Al levantar la tapa con espejo, una bailarina diminuta hacía piruetas al son de “La Dona è mobile”. Pasé muchos ratos solitarios mirando a la bailarina, aquellos compases metálicos me hacían olvidar las penas y me daban paz. Los oigo todavía.

 

 

NUESTO PISO

Vivíamos en un piso muy grande, (me acuerdo además del portero, Julio, que iba con uniforme: librea con dorados, gorra y sonrisa servil). Subíamos, en un ascensor de hierro negro forrado de madera, hasta nuestro rellano que tenía dos direcciones, a la derecha la puerta principal, por la izquierda la de servicio. El piso ocupaba toda la planta, daba al norte y al sur. En aquella época se consideraba importante que los pisos estuvieran distribuidos de tal forma, que se adaptaran al invierno y al verano. ¿Una zona cada estación? ¿Corriente de aire de una parte a otra? No sé, mamá hablaba de ello con mi abuela y mis tías.

Al entrar, un recibidor importante, dos sillones castellanos con asientos de enea a la izquierda contra la pared separados por un arcón, muebles en madera oscura que se apoyaban en una alfombra de la que no guardo mas recuerdo que de tropezar con ella una y mil veces cada vez que entraba.

Era difícil, o me lo parecía, ser una niña pequeña y “una señorita” a la vez.

Enfrente, tal como se entraba, estaba el despacho centro de los negocios de mi padre, era pequeño y sencillo: un escritorio, una silla y un armario con libros, cajones y el teléfono, artilugio negro que apareció un día (eso fue casi al final del tiempo en aquella casa) y mis padres, desde entonces, no tenían que ir a poner conferencias, excusa que esgrimían para salir de noche al teatro o al cine Príncipe de Viana quedando, mi hermana Rosarito y yo, al cuidado de mi abuela Rosario madre de la mía, Rosario también.

Tuvimos un hermano que murió a los cinco años (la gran tragedia familiar) que se llamaba Enrique (Quique) como mi padre y quedaba yo, la más pequeña que heredé el nombre en honor o algo así a la suegra de mi madre, o sea mi abuela Teresa. En realidad no la viví como abuela. La buena, la de verdad, mi abuela de siempre fue abuelita, en fin, mi abuela Rosario que al ser viuda desde muy joven vivió grandes temporadas con nosotros, otras lo hizo con mi tía Concha y siempre lo sintió mucho. En el piso de Pamplona estuvo con nosotros hasta que nos fuimos a América.

A la derecha del recibidor estaba el dormitorio de las niñas: Rosarito y Maritere. Dos camas gemelas, con colcha de organdí blanco con puntillas (mi madre cosía, no hacía nada mas, pero cosía todo y muy bien) y muchos entredoses y lazos. Una cómoda con seis cajones y haciendo juego, el armario de madera clara, dos sillas tapizadas en seda verde con pequeñas flores de Lis amarillas y las lámparas. Qué lámparas señores míos: La del techo colgaba de una cadena de bronce y eran seis rosas de porcelana color rosa y amarillo con hojas verdes que hacían de base para las bombillas tipo vela en cristal opaco. Encima de las mesitas de noche, una para cada una de las protagonistas de aquel escenario y de la misma madera que el resto de los muebles, unas pequeñas reproducciones: solo dos rosas con hojas verdes que abrazaban la bombilla respectiva.

Lo que me gustaba a mi de todo aquel folklore era un armario/habitación que estaba detrás de la puerta y en el que se guardaban, ni mas ni menos que los tebeos. Se entraba en el armario, y casi a oscuras tocabas los estantes llenos y elegías uno o mil, y podías echarte en la cama (sin la colcha, claro y sin zapatos) y leer sin parar horas enteras. Supe después que los tebeos son los grandes iniciadores a la lectura. Entonces soñaba con poder completar aquellos momentos comiendo bombones de chocolate. Fue mi propia promesa incumplida para “cuando fuera mayor”.

De mayor estuve ocupada en otras cosas, pero he seguido leyendo ya no mis tebeos sino los de mis hijos y los de mis nietos.

 

 

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