Acogida
Una tarde de la semana pasada tomábamos café Carlos, un compañero de trabajo y yo en esos ratos en que se habla de política, fútbol o del dinero que no llega para todo. En aquella oportunidad el tema fue: Los hijos.
Carlos y su mujer preparaban un viaje a China para recoger a su hijita. Ni siquiera sabía que había empezado los trámites de adopción por lo que mi sorpresa fue tan grande que sin pensar le dije lo que como madre opinaba y del respeto que me merecía el asunto, ya que aún siendo de la propia sangre innumerables veces, en el transcurso de la infancia de los hijos, uno piensa en tirar a las criaturas por la ventana, sintiéndose incapaz de soportar por más tiempo lloros, vómitos y noches sin dormir… Sin entrar en detalles de la adolescencia, los estudios, amigos droga y qué se yo. Eso para que luego, si todo sale medianamente bien, encuentren pareja, trabajo y se vayan a otra ciudad, incluso a otro continente dejándote a las puertas de la vejez feliz porque han encontrado su rumbo pero totalmente hundido aunque sonríes.
Por supuesto, a Carlos le sinteticé el discurso. Pero en líneas generales fui sincera y le pregunté, curiosa, cómo habían enfrentado los temas, aumentados incluso por el asunto de la raza diferente y si el hecho de traer una criatura a miles de kilómetros de su familia y no conocer sus orígenes, no hacían mella en su disposición como padres “para toda la vida”. En fin, si no tenían miedo de que un día esa niñita china quisiera volver a su país y todo el trabajo que tenían por delante no lo vieran fructificar, sin poder contemplar a la mujer adulta disponer de su vida con buenos resultados.
He de decir que Carlos es un hombre muy callado, de esos que apenas sonríen y te escuchan asintiendo, como si supieran lo que piensas pero dejando que te expliques. Por eso cuando terminé mi parrafada me quedé mirándole fijamente a los ojos esperando su respuesta.
— La diferencia - me contestó – es que tú hablas de los hijos como algo de tu propiedad: Son tuyos porque los has parido, conoces a su padre y a sus abuelos y seguro que hasta crees conocer de quién han heredado el carácter o la afición a la música. Y para ti ese “para toda la vida” es literal. Por eso sufres si se van. Lo ves como una pérdida de tu patrimonio. Tu angustia nace porque los quisiste hacer perfectos pero también quieres ser observadora de su perfección. Nosotros, en cambio, enfocamos la paternidad como una tarea provisional. Deberemos cuidar y educar a un ser humano del cual no sabemos nada e ignoramos qué futuro le espera. Pero trataremos que nuestra felicidad radique en el día a día, sin engañarnos ni mentirnos. Abriremos puertas a nuestra hija sabiendo que la compañía mutua es temporal. Y ahora contéstame tú: ¿No has pensado que todos tenemos los hijos simplemente una temporada en acogida
y que no los criamos para nuestro provecho?
Aún no me he repuesto del impacto de esa última frase.
Un besito.
M.T.
Salou Marzo 2007
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